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Al principio era la piel

Extraido de: Haurdun

rie-Thérèse Ribeyron. Traducido al castellano por Red Canguro. El  enlace original al artículo aquí.

Al inicio del siglo XX, la tasa de muertes de bebés en los orfelinatos americanos superaba el 60% hasta que alguien sugirió coger a los bebés en brazos varias veces al día. Esto es lo que cuenta Ashley Montagu en “La peau et le toucher” (La piel y el tacto). En el hospital de Nueva York donde se instituyó este régimen de cuidados maternales, la tasa de mortalidad de los bebés descendió bruscamente en menos de un año por debajo del 10%. “La ausencia de contacto durante los ocho primeros meses de la vida en los que el sistema nervioso es el más receptivo, y donde las otras modalidades sensoriales están todavía insuficientemente desarrolladas, puede provocar lo irreparable”, constata Arthur Janov en “L’Amour et L’enfant” (El amor y el niño).

La experiencia del contacto pleno

Desde la octava semana, el feto no tiene ni ojos ni orejas pero conoce ya las primeras sensaciones cutáneas. La ectodermis, la capa más externa del embrión, se convierte en piel y le permite entrar en contacto con este universo líquido donde baña. A los 8 meses, el útero le “encierra”. En el noveno mes, las olas le abrazan con regularidad. El pequeño feto vive sus primeras caricias. “El estado uterino nos procura el abrazo más completo, escribe Russ A. Rueger en “The Joy of Touch” (La alegría del tacto), la inserción total de un cuerpo en otro. El feto que flota en la oscuridad conoce entonces el Nirvana de la Carne. Esta experiencia marca profundamente la psique, sin ninguna duda”. Después, viene el gran viaje, la más extraordinaria de las aventuras. El pequeño feto viaja hacia la luz del día levantando una tempestad en su paso. Conoce entonces intensos y violentos abrazos.

Después, el vacío, ese choque táctil de la repentina inmersión en la nada. La antropóloga Margaret Mead habla del “choque de la piel”. El bebé entra en un nuevo mundo que vivirá y sentirá como una maravillosa sinfonía o como un desierto agonizante según sea tocado o no. Tras el nacimiento, el bebé es todo piel. El tacto es el único sentido completamente desarrollado. “Es como si todo su cuerpo fuera millones de ojos, millones de narices y millones de orejas” explica Odette Lefèvre, una quebequense cuyo doctorado versaba sobre la piel y el tacto. Los recientes trabajos de Tiffany Fields, del Medical School de la Universidad de Miami han demostrado que el tacto es un alimento esencial para los recién nacidos. En el 47% de los casos, los bebés nacidos prematuramente y masajeados durante 15 minutos 3 veces al día han tomado peso más rápidamente que los bebés dejados solos.

Según diversas investigaciones, la estimulación táctil es necesaria para el desarrollo del sistema inmunitario, digestivo y respiratorio del recién nacido. El desarrollo del sistema nervioso del cerebro depende también de las estimulaciones táctiles y los otros sentidos se desarrollarán mejor (una visión, una audición, un olfato ricos en detalles) cuanto más haya sido estimulada la piel.

Tocar para comprender

El bebé va a construir su realidad y descubrir el mundo tocándolo. Pero al principio es el mundo quien deberá tocarle a él. Sólo su piel le enseña el mundo exterior, le dice si está en peligro, le hace saber si su madre le ama o no.

El bebé obedece a su instinto de ir hacia lo desconocido siempre que lo conocido le esté asegurado. Cuando se marcha a explorar arrastrándose o gateando, vuelve regularmente a mamar al pecho materno o a hacerse tomar en brazos. Pero si lo conocido le falta, inmediatamente surge la angustia. El niño no corre el riesgo de aventurarse al exterior. Reduce sus exploraciones sensoriales. La angustia paraliza el desarrollo de la inteligencia en el niño, explica J.C. Pearce, autor de “L’enfant magique” (El niño mágico): “El niño no tocado, no acariciado, tendrá un problema relacional”, añade Ashley Montagu. No tendrá su primera “relación amorosa”. Odette Lefèvre tuvo la ocasión de verificarlo cuando masajeaba a niños autistas en el Hospital Rivière-des-Prairies durante su doctorado en 1986. Después de haber tocado y masajeado a cuatro niños de cinco a ocho años, una hora al día a cada uno durante cuatro meses, uno de ellos comenzó a hablar, los otros establecieron su primer contacto visual y realizaron juegos interactivos. “Eran niños mal amados”, dice Odette. “Mal amados porque no habían sido tocados. El contacto es el primer modo de comunicación, la primera lengua; tocándoles han comenzado a establecer las relaciones.”

Harry Harlow, uno de los pioneros en la investigación sobre la privación del contacto físico, llevó a cabo una experiencia con pequeños bebés de mono rhesus. Los que habían tenido por madres a muñecas de trapo tenían un mejor comportamiento que aquellos con madres de alambres de hierro. Los pequeños rhesus se acurrucaban contra su mama de trapo, dulce y calurosa, aunque la alimentación les era proporcionada por la fría mamá de alambre de hierro.
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El abrazo a la mama de trapo por un pequeño rhesus.

A su lado la mamá de hierro que le da alimento, pero no un contacto cálido.

Experimento de Harry Harlow.

En el Primal Scream (Grito Primario), Arthur Janov dice: “Un ambiente amigable y caluroso más tardío en la vida no hace desaparecer los primeros traumas. La ausencia de tacto en el inicio de la existencia crea una sobrecarga de miedo que se transforma en angustia latente”. “He recibido al principio el abandono del cuerpo materno que me dejaba sólo en el desierto y en la angustia total durante las cuatro horas entre las tomas de leche prescritas. Yo lloraba, gritaba mi miedo, mi angustia, mi terror. Si no venían… me iba a morir. Nadie me respondía. Gritaba, hipaba hasta que, agotada, me refugiaba en el sueño donde al menos me encontraba al abrigo.” cuenta Jeanne.

En The Betrayal of the Body, (La Traición del Cuerpo) Alexandre Lowen enlaza la esquizofrenia al fracaso de una estimulación táctil precoz. La sensación de identidad viene de la sensación de contacto con el cuerpo. Si esta sensación falta, el individuo no sabe lo que siente, no sabe lo que es, ni de qué se trata. Y la pérdida de contacto con el cuerpo finaliza con la pérdida de contacto con la realidad.

Marcelle Geber ha observado durante un año los recién nacidos de Uganda. Portados por sus madres, estos niños se arrastran fácilmente a las seis o siete semanas y recuperan objetos corriendo a los seis o siete meses. Los niños norteamericanos cumplen la primera proeza a los seis o siete meses y la segunda entre los 15 o 18 meses. Marcelle Geber constata también que los pequeños ugandeses son menos precoces a medida que nuestra aproximación científica invadía su cultura ugandesa.

Desde principios del siglo XX, el pensamiento pediátrico se ha dejado pervertir por el movimiento conductista por el que cada prueba de amor o cada contacto físico volvía al niño demasiado dependiente de sus padres. “Coger a los niños en brazos es un riesgo de estropearles, de malcriarles”, grita bien alto el pensamiento científico. Millones de madres  han obedecido de buena fe a los especialistas que sabían mucho mejor que ellas lo que sus bebés necesitaban.

Con la llegada de los nidos de las maternidades, los bebés son separados del cuerpo de sus madres desde el nacimiento, forzados a mamar un pedazo de plástico amorfo, aprisionados en horribles bonitos pijamas que no liberan más que las manos y la cabeza y aislados en una habitación durante su sueño. “Dormirse al contacto con otro es una necesidad fundamental para el bebé” afirma Anne Freud. A todo esto le añadimos la panoplia del kit del perfecto bebé: carricoche cromado, balancín mecánico y hamaca reclinable que reemplaza el cuerpo dulce y caliente de mamá. Incluso los niños amamantados no pueden disfrutar del pecho o del cuerpo de sus madres. Cuando no toman su leche descongelada en un biberón, el pecho les está prohibido por un sujetador de lactancia que sólo deja el pezón a su alcance.

Desgraciadamente, la liberación de la mujer ha predicado también la ruptura precoz de los lazos madre-hijo. Los bebés se encuentran en guarderías donde las monitoras o monitores no tienen el tiempo de prodigar las caricias tan necesarias. Cada vez más, los niños sufren de problemas de la piel. “Mal tocados. Mal llevados, mal comportados, mal encaminados, mal amados”, escribe Frédérick Leboyer en “Shantala, un arte tradicional, el masaje de los niños“. Mejor que tratar una dermatitis con pomadas, médicos mejor informados les curan alimentando su piel con masajes, aportando así las estimulaciones que faltaron al principio.

Los antropólogos y los viajeros se han extrañado siempre de no escuchar nunca los llantos de los bebés autóctonos del Gran Norte, de los amerindios, en la India, en Bali y en todas las sociedades donde los bebés son cargados constantemente contra la madre. La madre alimenta a su bebe a demanda, le mantiene al pecho o en sus brazos, le acuesta con ella hasta que él decide marchar a explorar el vasto mundo.

Al estar satisfechas sus necesidades de contacto, los bebés no tiene necesidad de señalar su ansiedad o su angustia a través de gritos o llantos. Al crecer, estos niños no se quedan pegados a su madre, no lloran antes de dormirse. Son capaces de entrar en una verdadera relación con los otros. Son les enfants magiques, los niños mágicos, descritos por J.C. Pearce. Niños felices que han vivido plenamente en su piel su primera “relación amorosa”.

Este artículo apareció en Le Guide Ressources, vol. 7, nº 4, 1991.

Traducido al castellano por Red Canguro.

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Mother of Many

Como siempre en blog de Sina encontramos articulos preciosos y muy valiosos. Esta vez nos traen un corto muy bnto sobre el nacimiento.

“Mother of Many”, un cortometraje de animación

En los últimos Premios BAFTA (que otorga la Academia de Cine Británico), en la categoría de Mejor Cortometraje de Animación, recibió el premio Mother of Many de Emma Lazenby. Quiere ser un homenaje a la matronería, oficio de la madre de esta directora.

El viaje más peligroso necesita de una mano que le ayude. Esta frase es la sinopsis de este corto que nos cuenta la experiencia de una madre cuando nace su hijo. También, se puede apreciar un sonido muy bien cuidado y fiel, usando sonidos reales como los latidos del corazón de un bebé en el vientre de su madre.

Este título, producido por Sally Arthur, tiene una duración de 6 minutos. Os invitamos a verlo…

http://decineyseries.blogspot.com

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Como ya sabemos, esta semana recibiremos la grata visita del Dr. Santos, asi que intentaremos conocerlo un poco, y que mejor manera que leyendo algunas entrevistas que no tienen desperdicio.

entrevista realizada por la revista bebés y mas.

“La epidemia de oxitocina podría estar relacionada con la epidemia de autismo”. Entrevista al doctor Emilio Santos

Mireia Long
17 de febrero de 2010

Emilio Santos

Hoy publicamos la primera parte de una extensa entrevista que hemos realizado al doctor Emilio Santos, que ya anunciamos previamente. Aunque hemos tardado más de lo deseado en finalizarla, estoy segura que el resultado, por lo exahustivo y explicativo, va a hacer que la espera haya merecido la pena.

Al doctor Emilio Santos lo conozco desde hace años, pues nos hemos encontrado por diversas circunstancias en reuniones sobre temas de embarazo y parto. Lleva varios años enfocando su trabajo práctico y también teórico hacia el parto respetado y sin medicalización no necesaria. Actualmente dirige el Centro Urdimbre en Madrid y atiende partos en casa y en el Hospital Acuario. Además de ginecólogo es psiquiatra y físico.

Siempre me ha parecido un hombre de gran inteligencia y sensibilidad, interesado en la parte emocional tan importante del embarazo y el parto, pero también un científico riguroso que toma sus decisiones basándose en datos contrastables. La entrevista que he realizado, de la que hoy publicamos la primera parte, me ha reforzado esta impresión previa. (más…)

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Una gran amiga, amiga de lactancia, de vivencias , de crianza, una gran persona que gracias a este maravilloso mundo de la maternidad he llegado a conocer, ha querido compartir con nosotr@s su maravilloso parto en casa, el de  su segundo hijo. Su historia que aún me tiene con la piel erizada, es tan emocionante y cercana, que me deja unas ganas tremendas de parir en casa, a mi segundo hijo, que aún no viene, pero que un dia vendrá. Gracias, por compartir esta historia tan personal.

Bueno, pues me animo a contaros mi parto en casa, el nacimiento de mi segundo hijo, una experiencia única.

En realidad no sé cuándo comenzó mi parto. Con mi primer hijo lo tuve claro, cuando comenzaron las contracciones. Pero con este, no. Día sí día no yo dudaba si estaba de parto o no, porque tenía contracciones bastante constantes durante bastante rato… pero se me pasaban al irme a la cama por la noche.

Hasta que llegó el gran día. Por la tarde paseamos, nos tomamos una taza de chocolate con nata ummm riquísimo, total, que cuando llegué a casa, ya tenía contracciones. Y esa noche las contracciones no se pararon. Me acosté para dormir, pero ya no pude. Me fui a la salita, mi pareja y mi hijo se quedaron durmiendo. Las contracciones eran llevaderas, yo estaba tan relajada en el sofá… Qué maravilla, pensando que por fin iba a nacer mi nene. Según pasaba la noche, las contracciones iban siendo más intensas, y ya me planteé cuándo llamar a mis comadronas, Juanjo y María, que tenían un desplazamiento largo hasta mi casa. Esperé hasta las 5 de la noche más o menos… Avisé a mi compañero, que siguió en la cama porque yo prefería estar sola, tranquila, en penumbra, relajada… Dejando hablar a mi cuerpo, que en todo momento sabía lo que hacer. Llegaron a las 7,30, escucharon al peque (llevan un monitor portátil) que estaba perfectamente, me hicieron un tacto y entonces ya estaba de 5-6 cm más o menos. Se fueron a tomar un café, yo seguía sola y tranquila, a veces sentada en el sofá, a veces de pie girando las caderas… les dio tiempo a descansar, a desayunar con mi compi y con la amiga que se llevó a mi hijo mayor de paseo un rato. Ufff para entonces a mí me dolía, me dolía… Tenía unas contracciones potentes, las del final. Los llamé. A las 11 más o menos, la verdad es que perdí un poco la noción del tiempo. Ya estaba en dilatación completa. Me prepararon la bañera. Un par de contracciones más con la ayuda de María,  que me sujetaba la espalda, que dolía. Se rompió la bolsa. Me fui a la bañera, y no me dio tiempo a tumbarme, en cuanto entré y me puse de rodillas, ahí estaba mi niño, queriendo nacer, ahhh yo tenía que empujar, toqué su cabeza, empujé… Juanjo me dijo: despacio, despacio… en ese momento dejé de empujar, y sentí que no hacía falta, que mi bebé salía solo, y lo noté, noté cómo se deslizaba fuera de mí, yo lo tocaba, tocaba su cabecita que poco a poco nacía, ahh qué sensación… Así salió su cabecita, sin necesidad de empujar, el útero hizo su trabajo a la perfección. Entonces el cuerpo me pidió empujar otra vez, y así salió su cuerpecito, rosadito, ya estaba con nosotros… qué placer, qué maravilla, allí abrazaditos, en el agua caliente…

¿Si dolió el expulsivo? Era mucha la presión allí abajo, pero ayudaba la sensación del agua caliente en el cuerpo, mi pareja y María se dedicaban a mojarme con los cubitos con los que mi ahora hijo mayor juega en la bañera, me echaban agua por la espalda, qué gustito…

Lo recuerdo como un parto muy animal, muy salvaje y muy intenso, yo gruñendo como una loba mientras empujaba, allí de rodillas, tocando cómo salía mi nene… En todo momento hice lo que el cuerpo me pedía, si me pedía estar en el sofá estaba, si me pedía estar de pie, me levantaba… Respiraba según me apetecía. El cuerpo es sabio. Dolor y paz. Me considero totalmente afortunada por haber podido vivir el nacimiento de mi segundo hijo de esta manera, y se lo agradezco a mis “comadronas”,  que lo hicieron posible.

Estuvimos un rato en la bañera, viéndonos. Luego nos fuimos a la cama. Allí tumbaditos, maravillados el papá y yo con esa cosa tan pequeña que acababa de nacer. El cordón dejó de latir, la placenta salió, no sé ni en qué orden ni cuánto tardó. Sólo podía mirar a mi bebé, tan tierno… Los matrones, que nos habían dejado en la intimidad de nuestras miradas, vinieron, el papá cortó el cordón, pesaron al nene, ¡4,400! Yo aluciné. Comenzó a mamar enseguida. Allí estaba, desnudito, encima de mí, también desnuda. Dándonos calor. Al rato llegó su hermano, que de repente y sin saberlo se había convertido en hermano mayor. Miró al recién llegado, un poco, no mucho. Le dimos el regalo que le había traído, y se puso a jugar…

Y ya estábamos los cuatro…

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