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Mireia Long
21 de mayo de 2009 | 22:46

no separación madre bebe

Como os he ido contando en la jornada de ENCA se presentaron ponencias muy interesantes sobre la atención al parto y sobre las necesarias condiciones de un nacimiento feliz emocionalmente. Hoy os traigo el resúmen de una ponencia, desarrollada por una socia de EPEN, Idoia Armendariz, que trató sobre la importancia de la no separación madre-bebé, incluída en la campaña Que No Os Separen, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión.

Se presentó la campaña “Que no os Separen” que está llevando a cabo la asociación El Parto es Nuestro. Los objetivos de la campaña son tres: Mejorar la atención que reciben los recién nacidos tanto durante el parto como después de nacer, informar sobre los derechos de los niños y las niñas en el ámbito hospitalario y difundir los beneficios del Método Madre Canguro.

En contra de la creencia imperante, los bebés están mas calientes sobre la madre que en una incubadora o en una cuna. Es tan sencillo como dejarlos sobre la piel de la madre y cubrirlos con una toalla seca, como explicamos en un post sobre el efecto mágico del Metodo Madre Canguro. La madre regula la temperatura del bebé subiendo o bajando la temperatura del propio torax. En contacto piel con piel con la madre regula su ritmo cardiaco y respiratorio del bebé, mejora su sistema inmunológico, reduce sus niveles de estrés. El propio contacto y el comienzo la lactancia reduce el sangrado postparto de la madre.

Los recién nacidos humanos nacen muy despiertos para poder reconocer a su madre y alimentarse de ella, memorizan su olor y buscan contacto visual. En esos momentos tras el parto el estado hormonal de ambos facilita el enamoramiento madre-criatura y son por lo tanto cruciales para el establecimiento del vínculo.

Si un bebé sano necesita a su madre, un bebé prematuro o enfermo necesita a su madre aún mas. Es esencial que las UCIs neonatales abran las puertas a los padres y que estos sean informados de lo beneficioso que es para su hijo el contacto piel a piel. Los bebés se desarrollan mejor y disminuye las secuelas a largo plazo para los prematuros que practican Método Madre Canguro. Los padres y madres deben formar parte del equipo que cuida a estos bebés.

También se hizo mención a los derechos de los niños hospitalizados. Estos tienen derecho a estar acompañados por sus padres el mayor tiempo posible. Muchas de las pruebas médicas se pueden realizar con la presencia de los padres, para que el niño o niña reciba el apoyo emocional que necesita para poder superar la situación. Cuando los niños o niñas son de corta edad es esencial que se les hospitalice conjuntamente con su madre o padre, especialmente si el bebé es lactante.

Por todos estos motivos es muy importante que las familias y los centros hospitalarios sean conscientes de lo indispensable que es para la salud física y psíquica de madres y bebés el que permanezcan juntos siempre que sea posible. Para lograr la no separación madre-bebé es necesario ir cambiando los protocolos y las instalaciones sanitarias para cumplir la función prioritaria de ofrecer la mejor atención posible.

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Os copio el excelente artículo de Monitos y Risas

Desde que soy mamá me he conectado con mi parte más “animal”, en el “buen” sentido de la palabra. Me parece importante no perder de vista lo que somos, mamíferos, y tenerlo en cuenta a la hora de tomar decisiones respecto a nuestra forma de vida y, cómo no, de Crianza.
Entonces, ¿es realmente bueno para nuestros bebés ser portados, desde este punto de vista? En estos tiempos que corren, el instinto lo solemos tener enterrado entre un montón de información, costumbres, prejuicios, opiniones… Y muchos de nosotros necesitamos tener algo “tangible” a lo que agarrarnos, algo “científico” que argumentar si nos preguntan…o nos preguntamos (que no siempre vienen las dudas de fuera). Yo soy de las que necesitan que la cabeza respalde al corazón. Y por eso, en su momento busqué la respuesta a esa pregunta, ¿es realmente bueno para nuestros bebés ser portados? Este artículo es una recopilación y elaboración de lo que encontré.


Los mamíferos, hasta los años 70, se clasificaban en nidícolas (especies “de madrigura” o “de escondite”) y nidífugos (especies “de manada” ). Esta clasificación zoológica, si bien se aplica a todos los animales, se usó originalmente para clasificar aves según la clase de nidificación. Las nidíf ugas, o precociales, son las que, de polluelos, tras romper el cascarón, abandonan enseguida el nido: se les seca el plumón rápidamente, se desplazan por sí mismos y picotean alimento por sus propios medios. La madre se limita a ser guía, protección y modelo de conducta. Un ejemplo que tenemos bastante presente son las gallinas. Las nidícolas, o altriciales, se mantienen dentro del nido bastante tiempo después de haber roto el huevo. Nacen ciegos, desnudos e inmóviles. Lo único capaces de hacer es piar mientras abren el pico, en el que los progenitores, madre y/o padre, depositan la comida, pre-digerida por ellos mismos. Además, sus padres también tienen que proporcionarles calor. Poco a poco, estos polluelos van creciendo y evolucionando hasta que llega un día en que, enseñados y provocados por los adultos, finalmente abandonan el nido. Esta necesidad tan intensa de cuidados implica una redu cción en el número de crías, así como un mayor contacto entre generaciones que lleva implícito una mayor organización social. También tiene como consecuencia y/o causa un mayor desarrollo del sistema nervioso central y periférico. Ejemplo de este tipo de aves son los buitres, que suelen tener un único polluelo al que crían y cuidan constantemente durante dos meses, y que hasta los 3 meses y medio no abandonará el nido.
Como decíamos, esta clasificación es similar para los mamíferos, aunque la mayoría no tenga nido propiamente dicho. La gran diferencia entre los mamíferos y las aves es la gestación intrauterina (en la mayoría de los casos) y la alimentación inicial de los nacidos mediante la leche materna. Entre los mamíferos, aquellos con un sistema nervioso de desarrollo relativamente simple y rápido nacen indefensos, son los nidícolas (o especies “de madriguera”). Los recién nacidos son totalmente dependientes de un cuidado materno constante y en todos los ámbitos. Muy dependientes, pero por poco tiempo. Sus gestaciones, la lactancia, la maduración hasta la capacidad reproductiva y, con ello, la repetición del ciclo, son aceleradas. Además, cada camada suele ser numerosa. Los bebés permanecen en el nido, su entorno seguro, ya que no son capaces de desplazarse por sus medios; son prácticamente ciegos y sordos (tienen los ojos y el interior de los oídos cerrados), además de incapaces de mantener su temperatura corporal de un modo constante (en esto ayuda mucho tener hermanos que te den calor). Están tranquilos en ausencia de la madre y en compañía de los hermanos; su seguridad depende del silencio, ya que cualquier depredador podría hacer presa fácil, ya que no son capaces de huir por sus propios medios, ni de percibir claramente la amenaza. La leche materna sacia mucho, pueden estar sin ser alimentados mucho tiempo, permitiendo a la madre abandonar el nido en busca de comida. Incluso, estos bebés no evacuan por sí mismos, ya que el olor de las heces y orines podrían delatarles. Cuando llega su madre, les estimula mediante un masaje realizado a lametones, y entoces defecan. Los roedores pertenecen a este grupo.

Cuando la especie tiene un desarrollo del sistema nervioso sustancialmente mayor y más complejo, normalmente se trata de una especie nidífuga (de manada). Éstas tienen una preñez más prolongada y menor número de hijos (normalmente uno) en cada embarazo. Al nacer, ya tienen las características propias de su especie, parecen miniaturas de los padres. La piel funciona al 100% de sus posibilidades, por lo que pueden autorregular su temperatura corporal; ven y oyen bien (sus órganos sensoriales están completamente desarrollados y operativos); se mueven con facilidad y emiten sonidos igual que los adultos. Una vez terminado el masaje-baño que le suele dar la mamá con su lengua nada más nacer, la cría al poco se levanta, busca la leche materna y es capaz de seguir fácilmente a su madre. No tienen nido, por tanto su seguridad depende de su capacidad para seguir a la madre y a la manada. De hecho, gritan si están solos o separados de su mamá, pues esto supone un gran peligro para ellos. La leche materna es, por tanto, muy baja en grasa, no sacia tanto, lo que obliga a la cría a estar alimentándose constantemente y, consecuentemente, siempre cerca de la madre. Los rumiantes como las vacas pertenecen generalmente a este grupo.

Hay, no obstante, especies intermedias, como por ejemplo, los cánidos (perros, lobos, etc.) y felinos (gatos, tigres, etc.), que son nidícolas y dependientes de sus padres durante bastante tiempo, y poseen un sistema nervioso muy desarrollado, con un entramado social elaborado. Pero ni siquiera en estas encajamos los humanos. Y son los humanos los que hoy nos    interesan ;).

El ser humano recién nacido (y algunos otros animales) tiene capacidad de regular su temperatura bastante bien aunque con “fallos”; oye ya antes de nacer y ve sombras-luces y siluetas, tiene los órganos sensoriales desarrollados, pero la funcionalidad aún no está al 100 % (podríamos decir que tenemos la maquinaria está lista, pero aún no nos hemos leído el manual de instrucciones); necesita alimentarse con mucha frecuencia comidas poco energéticas: la leche materna tarda en llegar al intestino entre 20 y 90 minutos, por lo que necesita comer cada muy poco. Si son dejados solos, gritan para avisar a su madre de dónde están y de que corren peligro. Sin embargo, el recién nacido humano no es autónomo en absoluto (tardamos muchos años en serlo), no puede seguir a su mamá ni usar las vocalizaciones de los adultos; necesita a su madre para su protección, calor y comida, como hemos dicho. No es una mini-copia de un adulto, no sólo va a crecer y a engordar, sino que cambiará su morfología (si nos fijamos, la proporción del tamaño de la cabeza de un bebé respecto a su cuerpo es totalmente diferente a la del adulto). De ahí que Portman (zoólogo suizo, catedrático de zoología en la universidad de Basilea, director de su Instituto de Investigaciones Zoológicas y director científico de su Jardín Zoológico) en los años 40 del pasado siglo nos clasificara como nidícolas secundarios y, a la vez, nidífugos desvalidos. Según él, esta clasificación se caracteriza por la dependencia extrema, como los nidícolas, combinada con características de los nidífugos, como los hijos generalmente únicos.

Portman defiende que somos nidífugos con un parto muy prematuro. O de otro modo, deberíamos nacer tras 21 meses de gestación. Ya decía Tomás de Aquino que el hombre “después de salir del útero, antes de adquirir el uso del libre albedrío, es contenido por el cuidado de los padres, como en un cierto útero espiritual”. A los supuestos 21 meses de gestación, aproximadamente los 12 meses de vida, el bebé ha adquirido el control de la columna (es capaz de mantenerse sentado, gatear, llevarse comida a la boca…), y ya encajaría mejor en la clasificación de nidífugo.
Nos llama Portman “prematuros fisiológicos o normalizados“, indicando que el motivo de esta particularidad es lo que se conoce como “dilema obstétrico“. Esto es, la relación entre la cabeza del bebé y el correspondiente canal de parto impide un crecimiento intrauterino mayor, ya que el parto no sería viable: la cabeza no podría pasar. Se debe a dos hechos, por un lado, la bipedestación trae consigo el estrechamiento de la pelvis y caderas. Por otro lado, el desarrollo de un cerebro cada vez mayor trajo consigo un cráneo mayor para poder albergarlo. La evolución solucionó este problema provocando el parto prematuro del bebé humano. Sin embargo, este hecho en lugar de ser un inconveniente parece ser favorable e incluso decisivo para el contacto precoz del bebé con su entorno humano y por tanto cultural. Si la Naturaleza lo hace así, por algo será.

Otro motivo para considerarnos de esta manera es el vínculo intergeneracional, más importante aún para Portman que el dilema obstétrico, que acabamos de explicar. En resumen, desarrollos de sistemas nerviosos más complejos van acompañados de vínculos personales más elaborados. Este vínculo intergeneracional de las especies es el eje de su enfoque. Por tanto, me parece importante detenernos un poco para comentarlo, aunque sea someramente.

El vínculo intergeneracional de las especies va de la mano con las variaciones cada vez mas enriquecidas de dichos vínculos en la medida en que las estructuras nerviosas centrales y periféricas respectivas aumentan en tamaño y complejidad. Es un proceso que se retroalimenta: según aparecen sistemas nerviosos más complejos los vínculos personales cada vez son más comprometidos, lo que parece ser que provoca a su vez que los sistemas nerviosos se enriquezcan. En la misma medida, además, la conservación de la especie pasa a depender menos del número de descendientes potenciales de cada pareja, en su lugar, el factor decisivo es el compromiso de éstos para con sus crías. Esto se traduce en que, conforme el cuidado de los hijos se intensifica por parte de los padres, la camada tiende a disminuir. O, visto de otro modo, conforme la supervivencia de las crías se va asegurando mediante un mejor cuidado, disminuye la necesidad de producir tanta descendencia, de modo que el esfuerzo se puede canalizar hacia otras actividades (como las relaciones sociales).
El cuidado parental no es otra cosa que una necesidad para asegurar la supervivencia de la progenie. Además, un cuidado prolongado favorece el desarrollo de un cerebro más complejo, donde se acumula y procesa mayor cantidad de información. Por el mejor cuidado, el cuerpo mejora (aumenta la masa corporal, la supervivencia ante los accidentes y/o enfermedades crece también, se mejoran las habilidades, etc.) y, con la capacidad de procesar más información y una mejor herramienta (el cuerpo) para manejar esa información, aumenta la supervivencia de las crías, favoreciendo una mayor progenie.

A fin de cuentas, la finalidad de la Naturaleza es preservar la vida.

Este vínculo intergeneracional va de la mano con el dilema obstétrico. Es de lógica que todo esto fue un proceso muy dilatado en el tiempo, es decir, a lo largo de la evolución se fue estrechando el canal de parto (conforme la especie conseguía andar erguida) y fue creciendo el diámetro craneal (conforme el volumen cerebral fue creciendo). Consecuentemente, el tiempo de gestación se fue reduciendo. Si este proceso pudo desarrollarse en el tiempo hasta llegar a nuestros nueve meses de embarazo, es porque había un entramado social, la tribu o manada, que facilitaba que la joven criatura fuera convenientemente atendida. Un bebé que nace antes de estar listo necesita mucha más atención, sobre todo en especies tan evolucionadas como nosotros, atención que los progenitores pueden proporcionarle si las necesidades más básicas están cubiertas: seguridad, alimento, cobijo, etc. Todo estos requerimientos se cumplen más fácilmente dentro del grupo.

Por otro lado, en los años 70, el biólogo y zoólogo Bernhard Hassenstein propuso una tercera categoría en la que parece que encajamos mejor: “criatura portada”, “llevadores” o “de acarreo”. Este científico comprobó que había animales (como los primates, grupo al que pertenecemos) no clasificables en ninguna de las categorías anteriores. Los llevadores, según la visión de Hassenstein, son aquellos que tienen crías que son llevadas por sus madres, normalmente agarrados al pelaje (portadores activos; si bien también los hay portadores pasivos, como los humanos y algún tipo de primate, en que el bebé no se agarra y es la madre la que asume toda la acción de portear). De esta manera se mantienen a salvo, ya que están siempre cerca. En caso de quedarse atrás, chillan para avisar, porque si están solos quedan totalmente expuestos. Otras características son los órganos sensoriales parcialmente desarrollados y una inestable regulación de la temperatura, como dijimos anteriormente al referirnos a los humanos.

Se caracterizan por los reflejos de prensión en pies y manos, que permite agarrarse a la madre. Si bien los humanos pertenecen al grupo de los portados pasivos (que no son capaces de sostenerse solos sino que dependen de la ayuda del portador), nuestros bebés tienen ese reflejo. Los humanos perdimos el pelo así que el bebé no tuvo donde agarrarse, pero con el cambio del canal del parto las caderas de las mujeres pasaron a convertirse en un lugar mucho más prominente donde sentar al bebé. Fuimos evolucionando para ser cargados pasivamente. Junto con esta evolución todas las culturas desarrollaron algún tipo de portabebé, que facilitara el transporte y atención de las crías sin perder movilidad, es decir, sustituyendo la capacidad de la cría de mantenerse por sus propios medios con el portabebé.
Según las conclusiones de Hassenstein los portados son un tipo específico con necesidades específicas: necesitan la cercanía de la madre, así como el calor y el contacto corporal para seguir madurando y desarrollándose bien.

Para concretar un poco más, diremos que el ser humano pertenece a un tipo muy concreto de portadores: “Portador pasivo, tipo marsupial”. Evolutivamente hablando, no nos diferenciamos tanto de los humanos de hace 10000 años, que eran exclusivamente nómadas. De hecho, hoy en día, muchos pueblos tienen este estilo de vida. Esta forma de vida, que impide tener un nido, debido a que hay que moverse siguiendo el alimento, tiene como consecuencia este tipo concreto de portadores. Pasivo porque, como hemos dicho, no tenemos pelo donde agarrarnos, por lo que necesitamos un “accesorio” (un portabebé) que nos permita atender al niño, manteniendo las manos libres; de dicha “bolsa” proviene la especificación “tipo marsupial”, por referencia al marsupio (Ver nota en el siguiente párrafo).

Una nota aclaratoria, solemos encontrar referencias a los llevadores como “primates llevadores”. Esto no es del todo correcto, ya que hay llevadores, como los koalas, que no son primates. Llevadores son los primates y algunos marsupi. Los primates son placentarios, esto es, los embriones se desarrollan dentro del cuerpo de la madre, durante un período tras el cual nacen. Pertenecen al grupo de los euterios. Los marsupiales, sin embargo, pertenecen al grupo de los metaterios. Son mamíferos vivíparos también (los embriones se desarrollan en el útero materno), pero las crías nacen tan inmaduras y pequeñas, casi en estado larval, que deben trepar hasta una bolsa, el marsupio, que su madre tiene en el vientre. En el interior de esa bolsa el bebé se pega a un pezón a través del que se alimenta y vive piel con piel con su madre. Y no salen hasta que no están completamente desarrollados. Una vez desarrollados, la cría pasa una época en que sale y entra de la bolsa, a ratos se desplaza por sus propios medios, a ratos en el marsupio, a ratos es llevado por su madre (según las especies) hasta que llega un día en que se independiza.

En cualquier caso, ya seamos lleva dores, ya seamos prematuros normalizados, los bebés esperan ser cargados. Si somos llevadores, lo esperan porque está en nuestra biología: es necesario para el correcto desarrollo. Si coges un recién nacido, automáticamente adopta la postura de porteo: levanta y dobla las rodillas y abre los brazos y manos para sujetarse. Un bebé intranquilo se calma en brazos. Así está cerca de la leche materna y protegido por su madre y, por tanto, por la manada-tribu.
Si somos prematuros, lo racional es mantener en lo posible las mismas condiciones del embarazo: postura redondeada (la columna vertebral en forma de “C”), acceso rápido al alimento, cercanía con la madre, sonidos familiares, como la voz, latido y respiración de su madre, movimiento constante… La espalda se ha de mantener redondeada, como en el interior del útero, no podemos intentar enderezarla de golpe, sobre todo si deberíamos estar aún 12 meses más en el vientre materno: es de imaginar que no estaríamos muy estirados. El movimiento constante ayuda a la maduración neurológica, así como al desarrollo del sistema vestibular. Llevar al niño pegado facilita, además, la regulación de su temperatura, que en el vientre materno era constante.

En conclusión, resulta obvio (al menos para mí) que para el correcto desarrollo de los pequeños humanos, desde todos los puntos de vista: físico, psicológico, emocional y sanitario, es necesario que los bebés recuperen el sitio que les corresponde: en brazos de sus cuidadores, durante el tiempo que el niño lo demande, incluyendo el período en el que querrá subir y bajar hasta que finalmente ya no lo necesite. Y para ello, y como necesitamos los brazos para seguir nuestro día a día, nada mejor que un buen portabebé.

Fuentes:

Bernhard Hassenstein, Evelin Kirkilionis: Der menschliche Säugling, Nesthocker oder Tragling? Dans: Wissenschaft und Fortschritt 42/1992
Wikipedia, entrada “nidícolas”
http://www.mowgli.es/desarrollo-fisiologico.html
http://www.aamefe.org/confort.html
http://misteriosnaturaleza.forocreacion.com/general-f1/los-mamiferos-t13.htm
http://www.estadosgerais.org/terceiro_encontro/edelstein-especie.shtml
http://www2.udec.cl/etologia/Comportamiento.html
http://porunpartorespetado.espacioblog.com/post/2008/09/17/18-meses-embarazo

http://www.cib.uaem.mx/agebiol/Boletin_Febrero04.htm
http://www.centroamara.com/index.php/content/view/67/143/
http://milagrosdelmarhb.blogspot.com/2008/04/filosofia-del-cargar.html

Más información sobre el porteo:

Red Canguro, Asociación Española por el Fomento del Uso de Portabebés

Mi Saquito Mágico, el blog de Merce sobre Porteo

Mimos y Teta, el blog de Nohemí sobre Crianza Respetuosa

Marsupina, el blog de Sol sobre Crianza Respetuosa

Mowgli, tienda de productos naturales, con artículos sobre Porteo

En otros idiomas:

http://www.stillen-und-tragen.de

http://www.afpb.fr
http://www.okemakus.com
http://www.thebabywearer.com
http://www.peau-a-peau.be/

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REPORTAJE: Vida & Artes

Pocas mujeres dan a sus bebés el pecho pese a las políticas públicas de fomento de la lactancia materna – Pesan la cultura del biberón y la falta de formación y apoyo de los profesionales

Una de las experiencias más agobiantes para una madre primeriza es intentar que el bebé llorón y hambriento que acaba de revolucionar su mundo se enganche al pezón, dolorido por las grietas, mientras su suegra repite: “Dale un biberón, se crían igual de bien”. Y es que cualquier conversación de madres, un vistazo a los foros de Internet, o la cantidad de artilugios inventados para facilitar la lactancia materna parecen indicar que somos unos extraños mamíferos que ya no sabemos alimentar a nuestros bebés, y que nos extinguiríamos si no existieran los biberones.

  • Falsos mitos sobre la lactancia materna
  • Los riesgos del biberón

  • Carlos González

    Carlos González

    ENTREVISTA DIGITAL – 03-08-2010

    Pediatra y autor de ‘Un regalo para toda la vida. Guía de la lactancia materna’.

    Foto

    Código de comercialización de sucedáneos de la leche materna

    DOCUMENTO (PDF – 561,27Kb) – 04-08-2010

    Foto

    Real Decreto de comercialización de leches artificiales

    DOCUMENTO (PDF – 171,87Kb) – 04-08-2010

    La noticia en otros webs





    La OMS aconseja lactancia materna exclusiva hasta los seis meses

    Solo se sigue esta recomendación con el 36% de los niños españoles

    La industria ha logrado que se vea la leche de fórmula como la más norma

    Las madres no han podido aprender de otras mujeres cómo se amamanta








    ¿Por qué algo en teoría natural resulta tan difícil hoy en día, hasta el punto de que muchas madres deciden no dar a sus bebés leche materna, pese a sus incontables beneficios, tanto para la salud como para la vinculación afectiva? La Organización Mundial de la Salud (OMS), Unicef y la Asociación Española de Pediatría (AEP) recomiendan amamantar de forma exclusiva (sin agua, zumos, infusiones, ni leche artificial) hasta los seis meses de vida, y seguir con la lactancia, junto con otros alimentos, hasta los dos años o más.

    Pero la realidad es muy distinta: aunque a la salida del hospital, la mayoría de las madres (80%) dan el pecho, a los tres meses solo el 52,5% de los niños toman leche materna en exclusiva, y a los seis, el 36%, según los datos que dio el lunes, comienzo de la semana mundial por la lactancia, la AEP.

    Una mezcla de falta de formación y de apoyo coordinado de los profesionales, junto con la información insuficiente de la futura madre, sometida a un bombardeo de falsos mitos y presiones familiares y sociales, dificultan que se cumplan las recomendaciones sanitarias y los deseos de muchas mujeres de prolongar la lactancia. Subyace la pérdida de referentes culturales, tras décadas en las que no hemos podido aprender a amamantar observando a otras mujeres pues el biberón se ha convertido en la norma, en gran parte por la mercadotecnia agresiva de los fabricantes, que han logrado que se vea como positivo alimentar a los bebés con leche de otra especie -la vaca- en la que hay que eliminar y añadir componentes para imitar a la leche materna. Si se suman las raquíticas políticas para compaginar lactancia y trabajo, como la baja maternal de 16 semanas, el resultado es obvio.

    La vivencia de Mónica Cuello, de 31 años, es un ejemplo de esta conjunción de factores. No pensaba amamantar -“mi madre no pudo”, dice, algo de lo que están convencidas muchas mujeres que dieron a luz en la segunda mitad del siglo XX-, pero tras las clases de preparación al parto, decidió hacerlo. “El problema es que te dicen que es importante dar el pecho, pero no cómo ni qué esperar”, opina esta mujer trabajadora. “No me informé más pues creía que era algo natural”.

    Cuando nació Alejandro, hace 15 meses, se dio de bruces con la realidad. “El primer día ni me preguntaron cómo me iba. Sólo me dijeron que me lo pusiera 10 minutos a cada pecho cada tres horas”. Cuello pensaba que mamaba bien, pero al día siguiente había perdido el 7% de peso, y le dieron un biberón de leche de fórmula. Cuando al fin una matrona le ayudó a colocarse al niño al pecho, le dolió mucho. “Me dijo que tenía que doler”. Esta madre abandonó la lactancia antes de salir del hospital. “Del dolor tan fuerte me deprimía y no me permitía estar bien con el bebé”.

    “El mayor error es que las madres lleguen pensando que dar el pecho es fácil”, opina Jesús Martín-Calama, coordinador nacional de la Iniciativa para la Humanización de la Asistencia al Nacimiento y la Lactancia. Lanzada por la OMS y Unicef, acredita a los hospitales que cumplen una docena de pasos con el sello IHAN, que en muchos países se identifica con una atención de calidad. “En el 50% de los casos, hay problemas”, dice Martín-Calama. “Los bebés se tienen que adaptar al pecho de su madre, y para eso, necesitan paz, tranquilidad, tiempo para ponerse en contacto y acoplarse”, explica. “Que quede claro que los primeros 10 días no es fácil, no es lo bonito que vendrá luego. Pero como no ayudes a la madre esos primeros 10 días, se quedará sin vivir esa experiencia”.

    Para Martín-Calama, “lo que distorsiona todo es la gran facilidad para solucionar cualquier problema con un biberón, lo que no sucede en la naturaleza. Al mínimo contratiempo, se tira la toalla”, afirma. “El mundo sanitario sigue sin confiar en que la madre produzca suficiente leche, lo que hace que muchas abandonen en los primeros meses”, critica Gema Cárcamo, presidenta de Multilacta, una asociación madrileña de apoyo a la lactancia.

    “Ni para ser médico ni pediatra me enseñaron nada sobre lactancia”, dice Carlos González, autor de Un regalo para toda la vida. Guía de la lactancia materna. “Ahora sí se hace, pero los médicos que llevan más años necesitan un reciclaje”. Es un problema común en los países desarrollados. “Con demasiada frecuencia, cuando hay dificultades, los profesionales de la salud suplementan con biberones, por falta de las destrezas o la experiencia necesarias”, dice Bernadette Daelmans, médica del equipo de salud y desarrollo de recién nacidos y niños de la OMS.

    Josefa Aguayo, miembro del comité de lactancia materna de la AEP y jefa de sección de Neonatología del Hospital Virgen del Rocío de Sevilla va más allá: “Hay muchas interferencias. Empieza desde la medicalización del parto, lo que se ha extrapolado a la lactancia y la crianza”, opina. “Aún hace falta mucha formación”, afirma Aguayo, para la que es fundamental que los profesionales, desde atención primaria, transmitan un “único mensaje” a la mujer. Coincide Concepción Martínez, vicepresidenta de la Federación de Asociaciones de Matronas de España, quien añade: “Se ha perdido el instinto. Un recién nacido, si lo dejas sobre su madre, piel con piel, a los 70 minutos como máximo empieza a mamar”.

    La experiencia de Cuello también muestra una situación frecuente, tanto en centros públicos como privados: la contradicción de que una política oficial de apoyo a la lactancia materna, en la práctica, choca con rutinas anticuadas, falta de formación o un simple comentario de un profesional, que dicho en un momento de máxima sensibilidad y agobio, puede acabar con el deseo de amamantar de la mujer.

    Aunque el hospital de Cuello siguió la recomendación de poner al recién nacido sobre la madre, llevó a cabo prácticas desaconsejadas: fijar duración y tiempo a la toma, dar leche artificial sin haber intentado que la madre se extrajera leche, y hacerlo en biberón en vez de con jeringuilla (para evitar que el bebé confunda el modo de succionar la tetina con el del pezón, totalmente distintos). Y por último, dejar que la mujer se fuera con la convicción de que dar el pecho es doloroso, cuando con solo corregir la postura podría haber dejado de serlo.

    “Desde 2008, sabiendo que las cosas no se hacían bien, empezamos un proyecto de fomento de la lactancia materna”, explica la doctora Begoña Arias, responsable de este programa en los hospitales de Sanitas, entre ellos el de La Moraleja, donde dio a luz Cuello. Arias reconoce que, por desgracia, “estas cosas puntuales seguirán pasando”, aunque se trabaja para evitarlo: han dado charlas de formación a todo el personal, están cambiando protocolos de actuación, y han creado una consulta externa de lactancia para las madres una vez recibida el alta.

    “Es muy difícil lograr el cambio de mentalidad de todos los profesionales de un centro”, confirma Martín-Calama. En España, sólo hay 15 hospitales acreditados por la IHAN, y otros dos están en proceso muy avanzado. Son menos del 10% del total, frente al 90% en países como Suecia o Noruega. “Hay que poner a todo un hospital, incluidos auxiliares o celadores, a trabajar para una causa”, explica.

    El 12 de Octubre (Madrid) está a punto de lograr la acreditación, algo meritorio, según Martín-Calama, dado el tamaño del centro, con 7.000 trabajadores. Es el primer hospital español con un banco de leche materna, y sigue prácticas como limpiar al recién nacido o valorar su salud encima de la madre, incluso tras una cesárea si su estado lo permite. Las vacunas o el peso se posponen dos horas, y se intenta que madre y niño se separen lo mínimo. Un profesional observa la primera toma para prevenir problemas.

    Este centro cuenta con una consultora certificada en lactancia materna, Juana María Aguilar. Una de sus labores es impartir talleres a las madres ingresadas. En camisón, y la mayoría con el bebé de pocos días en brazos, las mujeres, algunas muy jóvenes, muchas inmigrantes, desgranan sus dudas. “Las clásicas son: ‘No tengo leche’, ‘¿Le alimentará lo suficiente?’ y ‘¿Se queda con hambre?”, resume Aguilar. Durante la charla, muy participativa, esta enfermera intenta reforzar la confianza de las madres.

    “El pilar fundamental es que la mujer desee lactar. Cuantas más armas le ofrezcamos para que informe a la familia y a la pareja, mejor”, afirma. Armas necesarias para vencer la presión de madres y suegras de las parturientas. “Pues yo te crié con biberón y mira qué bien estás”. O “¿Por qué pide tanto? Se ha quedado con hambre”, son dos clásicos que alimentan las inseguridades maternas.

    Una vez la madre consigue lo más difícil, instaurar la lactancia, las presiones, incluso de los propios pediatras, continúan con comentarios como “ya es muy grande para tomar el pecho” o “lo estás malcriando”. “A menudo, familiares y amigas de la madre saben muy poco de lactancia, o han tenido experiencias negativas y no la pueden ayudar. De hecho, puede oír todo tipo de comentarios destructivos de gente ignorante que no entiende el proceso de la lactancia”, afirma por correo electrónico Christiane Rudert, experta en nutrición de Unicef.

    Por suerte, el panorama, poco a poco, está cambiando. “Hace 20 años, era rarísimo que alguien diera el pecho más de seis meses”, asegura Carlos González, quien reivindica el amamantamiento, más allá de los beneficios para la salud, como “un derecho, una experiencia vital” muy importante para muchas mujeres. “Mejorará a medida que salgan nuevas generaciones de médicos con formación en lactancia materna, y se vean más mujeres dando el pecho. Es un círculo virtuoso”.




    Falsos mitos sobre la lactancia materna

    Los expertos consultados para este artículo responden:

    No tendré suficiente leche. Muy pocas mujeres no producen leche. Tener más depende de que el bebé mame muchas veces y de forma eficaz, vaciando el pecho. Para que el pecho adapte su producción a la necesidad del niño, hay que darle cada vez que pida, no “cada tres horas 10 minutos de cada pecho”.

    Se queda con hambre. Al dar el pecho, nunca sabemos cuánto toma el bebé. Por eso hay que darle según pida y dejar que llegue a la leche del final, más grasa. Hay épocas en que mama con más frecuencia (brotes de crecimiento), para aumentar la producción.

    El calostro no es bueno. La primera leche, muy concentrada, tiene muchas proteínas y defensas. Se produce poca porque el estómago del recién nacido es muy pequeño, como una canica.

    Dar de mamar duele. En situaciones normales, no duele. El dolor es síntoma de problemas, como las grietas, que son fruto de una mala postura al mamar, y desaparecen al corregirla.

    Mi bebé crece menos que los que toman biberón. Hasta hace poco, las curvas de crecimiento se basaban en niños alimentados con leche artificial, lo que podía llevar a recomendar una obesidad prematura. La OMS ha publicado nuevas tablas, con los niños amamantados como referencia de crecimiento saludable.

    Toma el pecho por vicio, lo malcriaré. La OMS recomienda amamantar como mínimo hasta los dos años. El pecho no solo es alimento, también consuelo, por eso los chupetes imitan al pezón.

    No puedo dar el pecho porque tomo medicamentos. Muy pocos tienen efectos sobre la leche materna. Consulte si es compatible aquí (hospital de Denia).

    REPORTAJE: Vida & Artes
    Aprendiendo a ser mamíferos de nuevo
    Pocas mujeres dan a sus bebés el pecho pese a las políticas públicas de fomento de la lactancia materna – Pesan la cultura del biberón y la falta de formación y apoyo de los profesionales

    CECILIA JAN 04/08/2010

    Si hubiera una vacuna que redujera el riesgo de meningitis bacteriana, diarrea, otitis, infecciones respiratorias, diabetes, linfoma, leucemia, obesidad, asma y síndrome de muerte súbita del lactante, ¿se la pondría a su hijo? ¿Y si además protegiera a la madre de la osteoporosis, el cáncer de mama y de ovarios y la ayudara a perder peso? Esa vacuna existe, pero pocos niños y mujeres se benefician de ella, y menos de la forma óptima recomendada por las organizaciones médicas. Es la leche materna.

    “Las ventajas son tantas que más bien hay que hablar de los inconvenientes de los sucedáneos de la lactancia materna. Es como con el tabaco: hay que proteger de la lactancia artificial, no demostrar las ventajas de la lactancia materna”, afirma Josefa Aguayo, del Comité de Lactancia Materna de la Asociación Española de Pediatría. Aunque la creencia popular es que las leches de fórmula son casi tan buenas como la materna, los expertos alertan de sus riesgos: “Hay más alergias, riesgo de desarrollar procesos infecciosos, obesidad…”, cita Aguayo.

    Según la OMS, la prolongación de la lactancia hasta los seis meses en exclusiva y hasta los dos años de forma complementaria salvaría cerca de 1,5 millones de vidas anualmente. Incluso en sociedades industrializadas, la leche artificial se asocia a mayor riesgo de enfermedad y muerte: “Un estudio muestra que se podrían salvar 9.000 vidas al año en EE UU mediante el amamantamiento exclusivo y prolongado” por la reducción del riesgo de muerte súbita, dice Christiane Rudert, de Unicef.

    El fomento de la lactancia es “una prioridad”, dice Concepción Colomer, directora del Observatorio de Salud de las Mujeres, del Ministerio de Sanidad. “Aquí no hay controversia, está demostrado que es lo más conveniente”. Por eso la estrategia de salud sexual y reproductiva que preparan Gobierno, comunidades autónomas y asociaciones científicas incluye un apartado sobre el tema. Uno de los puntos del texto, al que ha tenido acceso EL PAÍS, es “aplicar el código de comercialización de sucedáneos de leche materna” para “proteger la lactancia materna de prácticas publicitarias engañosas que inducen al abandono de la misma”. El marketing de los fabricantes fue uno de los factores que hicieron que en el siglo XX la lactancia materna casi desapareciera en los países desarrollados. El código, aprobado en 1981 por la OMS, prohíbe anunciar leche artificial o dar muestras. Pero en España y en el resto de la UE sólo se aplica parcialmente.

    ¿Y si la madre no quiere dar el pecho o no lo consigue? “Lo importante es que la decisión sea informada. No hay que presionar a la mujer”, dice Aguayo. “Prefiero una madre que dé el biberón con cariño a una que amamanta con mala leche”, opina Gema Cárcamo, de la asociación Multilacta. Carlos González tiene otra visión: “La lactancia es una parte muy importante del ciclo de vida de la mujer. Por desgracia, la sociedad no comprende que, si no lo logra, es normal que le dé pena o rabia”.

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    Llora el niño. Y en vez de guiarnos por nuestro instinto de padre o madre, nos fiamos a ciencia ciega de lo que dice el “experto”… Si lo cogemos una y otra vez, le estamos malcriando. Si intentamos reconfortarle, nos estamos dejando manipular. Lo mejor es dejarle llorar y llorar. Que aprenda y se calle.
    Se despierta el niño. Se resiste a dormir en su oscura y solitaria habitación y busca el calor y la protección de la cama de sus padres… No hay que ceder, insiste el “experto”. Dormir con los padres tiene grandes riesgos. Sí, ya sabemos que se ha hecho durante siglos. Pero no es apropiado, está mal visto, no es sano.

    No quiere ir a la guardería el niño. Se pasa todo el rato llorando la ausencia de mamá. No juega, no canta, no ríe… Nada que no se cure con el tiempo (de nuevo el “experto”). La “ansiedad de la separación” remite al cabo de uno o dos meses, señora. Los niños son felices en la guardería, descuide. Aprenden mucho. Socializan.

    Están confabulados los “expertos”, eso parece. La consigna de la pediatría oficial ha sido alentar la separación de madres de hijos, y no vamos a recordar ahora cómo hace treinta años nos vendían la incuestionable superioridad de la leche de bote frente a la teta materna.

    “Somos los únicos mamíferos que les damos una patada a nuestros hijos para mandarles a otra habitación, que les damos una chupete para que se callen y que nos buscamos cuanto antes un trabajo o una ocupación para no sentirnos frustrados o frustradas”.

    Le tomamos la palabra a Mar Palmer, 32 años, madre de dos y un tercero en camino, allá en Mallorca. “A la mayor, Mariona, la metimos mucha caña y aún está pagando todos los errores que cometimos fiándonos de los “expertos””, recuerda. “Con el tiempo nos dimos cuenta de cómo todos esos consejos te impiden escuchar tus instintos maternales, te generan agresividad y acaban haciendo mucho daño a los niños”.

    Mar acabó dejando su trabajo en el ayuntamiento y volcándose con sus hijos: “Lo primero son ahora ellos, eso lo tengo claro. Tienes que pagar un precio, pero lo ganas por otro lado. Con Nil, el segundo, todo ha sido muchísimo más fácil. Le di de mamar hasta los tres años, durmió con nosotros, descubrí lo importante que es llevarlo en brazos… El niño confía en sus padres, y ahora es él el que se va despegando, y todo de una manera muy natural”.

    Sin premeditación, aunque con nocturnidad, Mar se fue abonando a eso que los americanos llaman “attachment parenting” y que no es ni más ni menos que el vínculo o el apego entre padres e hijos. Por instinto, Mar acabó haciendo piña con otros padres mallorquinos en “Neixer i Creixer” (“Nacer y Crecer”), una de las asociaciones pioneras en eso que también llamamos la “crianza natural”.

    “Al principio te entran dudas y tienes que hacer frente a mucha presión social, empezando por tus propios amigos”, confiesa Mar. “Pero ayuda mucho eso de estar en una red de gente que está en la misma onda que tú… Y ya somos unos cuantos”.

    En Madrid, decenas de padres buscan también otra manera de crecer con sus hijos en la Escuela de Familias Al Alba. Fabiola Aguado, directora y terapeuta infantil, rompe una lanza por el “vínculo”: “No se trata de una manera utópica y romántica de ser padres, sino de una forma sensata y sensible de afrontar la paternidad. Hay que estar presentes y disponibles para atender las necesidades de los hijos”.

    “Nuestra sociedad fomenta una falsa autonomía en los niños”, insiste Fabiola.“Si los padres no están, los niños van arrastrando unas carencias que se traducen más adelante en una dependencia profunda. Lo que los hijos necesitan en los primeros años es una base segura… Hay estudios que desmuestran que los niños criados con “vínculo” tienen más confianza en sí mismos y son a la larga más independientes”.

    La idea del “vínculo paternal” o “attachment parenting” se remonta a los años cincuenta, con los famosos estudios del psiquiatra John Bowlby. El apego entre padres e hijos es “una necesidad biológica” y algo común en todos los primates, sostiene Bowlby. En cada fase de crecimiento, los niños (las crías) buscan la proximidad, el contacto y la protección de una persona adulta. Durante siglos, ésa ha sido la clave de la supervivencia.

    Pero las sociedades modernas avanzan –es un decir- en sentido contrario. La separación traumática entre madres e hijos comienza ya en el parto hospitalario, por no hablar de la distancia con las que muchas mujeres viven sus propios embarazos, siempre a expensas de lo que certifique el “experto”.

    El mundo laboral, diseñado por los hombres y para los hombres, pasa como una apisonadora sobre muchísimas mujeres que no tienen elección: familia o trabajo. Nadie parece plantearse el impacto emocional que causa a madres y niños la separación al cabo de cuatro meses, ni cómo esa ruptura forzosa afecta a la salud y a la vida emocional del pequeño, que se pasa la mayor parte del día en brazos ajenos, enganchado al falso consuelo del chupete y del biberón.

    Las barreras en las familias se van haciendo cada vez más altas, y pronto vendrá la maratón de actividades extraescolares. El caso es estirar las jornadas de los niños tanto como las nuestras, cubrir lo más posible las ausencias y reducir los “lazos” entre padres e hijos a un beso de buenas noches. A veces ni eso.

    La antropóloga Margaret Mead realizó hace cuatro décadas un estudio entre varias tribus del mundo y demostró que las más violentas eran las que privaban a los niños del contacto físico con los padres a edad temprana.

    La doctora Marcelle Geber tuvo la osadía de comparar la “tribu” europea y sus “civilizadas” costumbres (bebés al biberón, en habitaciones separadas, empujados en carritos) con 308 niños criados a la vieja usanza en Uganda (amamantados a demanda, compartiendo cama, a lomos de sus madres). Su conclusión: los niños africanos aventajaban a los blancos en capacidad motriz y en capacidad intelectual durante el primer año.

    Y así llegamos hasta el doctor William Sears, padrino del “attachment parenting”, más de una década rebelándose contra la pediatría oficial y promoviendo una relación más cercana y armoniosa entre padres e hijos. Sus consejos han servido de acicate para miles de padres de todo el mundo, reunidos en Attachment Parenting International, que cuenta ya con grupos en países europeos como Gran Bretaña, Holanda y Alemania.
    Según William Sears, los cimientos del “vínculo” se crean en el alumbramiento, en ese “período sensitivo” tan común al de todos los mamíferos y tan ajeno a los asépticos protocolos hospitalarios. La lactancia, advierte, es una fuente de alimento no sólo material sino también emocional para un niño en los primeros meses de vida.

    Sears aconseja cargar con todo lo posible con los niños, en brazos o colgados, pero manteniendo la proximidad física y el contacto. El pediatra del “apego” defiende a capa y espada las virtudes de la cama familiar o colecho y resume sus siete “mandamientos” en dos: cree en el llanto de tu hijo y ¡cuidado con los “expertos”!

    Como respuesta a tantos y tantos libros “crueles y despiadados”, el pediatra Carlos González decidió precisamente escribir “Bésame mucho”. “Creo, sinceramente, que los padres lo harían mucho mejor si no hubieran existido todos esos manuales que incitan a desconfiar de los ñiños y a tratarles con total desprecio”.

    “No quiero entrar en lo que es bueno o malo para el niño a largo plazo, si va a ser más o menos inteligente porque duerma contigo o los lleves en brazos”, afirma Carlos. “Lo que los niños necesitan, hoy y ahora, es afecto y proximidad. Y lo que han aconsejado por desgracia los “expertos” durante muchos años es justo lo contrario, hasta el punto de prohibir casi el contacto entre madres e hijos”.

    El autor de “Bésame mucho” nos recuerda los experimentos con gorilas que se “olvidan” de cómo ser madres cuando las meten en la jaula. A los hombres y a las mujeres, sostiene, nos pasa algo similar: vivimos en estado de cautividad, confinados en ambientes artificiales, atrapados por normas culturales y alejados de nuestros instintos y nuestros imperativos biológicos.

    Se nos ha olvidado ser padres.

    González pone sobre el tapete un estudio comparativo sobre la crianza de los niños en varias culturas, publicado hace cuatro años en la revista “Pediatrics”… En 25 de 29 sociedades, los niños dormían con la madre o con los dos padres. En 30 de 30, los niños eran trasportados en brazos o a la espalda. En todas ellas se les amamantaba a demanda y la edad media del destete estaba entre los dos y los tres años.

    El pediatra rompe también con el mito de que los hombres se han lavado las tradicionalmente las manos, y se remite a “La Historia Natural de la Paternidad” de Susan Allport: “El alejamiento del padre es fruto de la revolución industrial. Los padres han trabajado toda la vida en casa o han velado por la protección de sus hijos. Su papel puede cambiar, como lo está haciendo ahora, pero hay que acabar con ese mito”.

    Años de experiencia como padre y de consulta como pediatra le han permitido también a Carlos González conocer muy de cerca el dilema de tantas familias de hoy en día… “Eso del tiempo de calidad es un cuento. Con los niños hay que estar, simplemente estar, y no obsesionarse con cronometrar los minutos que se pasa con ellos y aprovecharlos al máximo para hacer algo importante”.

    Para María Jesús Ruiz, 40 años, lo más impagable de estos tres últimos con su hijo Víctor han sido “los largos paseos sin rumbo” en el pueblo en donde viven, Guadarrama. Y también, las siestas compartidas, o poder llevar a su hijo a la compra, a tomar el aperitivo, a un concierto entre semana y a todas esas cosas que no podría haber hecho si trabajara a tiempo completo…

    “Intenté llevarle a la guardería con dos años y medio, pero lo pasaba mal y un día me dijo: “Mamá, vámonos a casa”… Para mí fue una señal. Hemos pasado mucho tiempo juntos desde entonces, y eso es impagable. Siempre ha estado muy apegado a mí, pero ahora se está uniendo más a su padre… Yo lo que quiero es que mi hijo sea feliz. Como dice su abuelo: “¡Ya tendrá tiempo de aburrirse en el colegio!”.

    María Jesús ha vuelto a trabajar a horas perdidas, como profesora de español, pero no envidia en absoluto a sus amigas… “Al hijo de una de ellas le escuché decir el otro día que quiere marcharse a vivir al colegio, con cuatro años… Me pareció muy triste. Soy consciente de que estar tan cerca de tus hijos es navegar contra la corriente, pero yo estoy convencida de una cosa: cuidar de tus hijos es cuidar de la sociedad del futuro”.

    LOS DIEZ IDEALES DE LA PATERNIDAD CON “VINCULO”

    No hay ningún mandamiento escrito, pero sí existen maneras de fomentar el apego, el vínculo o la cercanía entre padres e hijos…

    Conecta física y mentalmente con tu hijo/hija durante el embarazo. Vive conscientemente la gestación. Procura que el nacimiento sea lo más “íntimo” y natural posible, y prolonga al máximo el contacto físico después del parto.

    Extiende la lactancia todo lo que necesite el niño/la niña y no te dejes llevar por las presiones sociales (el destete se produce entre los dos y tres años en la mayoría de las culturas tradicionales). Dale el pecho a demanda. Aprovecha esos momentos para estrechar los lazos.

    Responde a los llantos de tu hijo y no le dejes llorar “hasta que se calle”. Aprende a interpretar sus señales. Sé totalmente receptivo a sus demandas, especialmente durante los primeros meses.

    Confía en tus instintos de madre/padre. Cuestiona las opiniones de los “expertos”. En la duda, déjate guiar por el sentido común.

    Lleva frecuentemente a tu hijo en brazos; el contacto físico estimula el desarrollo emocional, psicomotriz e intelectual del niño/niña.

    Duerme con tus hijos durante los primeros meses (recuerda que durante cientos de años se hizo así, antes de que los “expertos” levantaran las barreras). Si no, comparte el dormitorio con ellos y procura no llevarles a habitaciones separadas hasta que ellos mismos lo reclamen.

    Evita separaciones largas y traumáticas hasta los tres años. No te consueles pensando que le dedicas a tu hijo el suficiente “tiempo de calidad”. El tiempo compartido se mide siempre en horas, minutos y segundos…

    Involúcrate al máximo en su educación. Procura que existan vasos comunicantes entre lo que aprende dentro y fuera de casa. Su “escuela” es la vida misma.

    Usa la “disciplina” positiva: predica con el ejemplo y recuerda que las mejores lecciones se aprenden con afecto.

    Respeta la individualidad de tus hijos. Ponte siempre que puedas en su piel y permite que encuentre su camino poco a poco: el “vínculo” les permitirá avanzar con mayor seguridad y ser a la larga más independientes.

    de Criar y amar

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