Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘educacion’ Category

Uno de los últimos post que publicamos, Cinco Razones para Dejar de Decir “¡Muy Bien!” genera una sensación de desasociego. Por eso, creo que es importante leer más al respecto, y ver distintas posturas. En este artículo, extraído de Respetar para Educar , hablan de las etiquetas, creo que esta muy relacionado al mensaje del anterior artículo. Una de las cosas más difíciles de la crianza, es ser capaces de salirnos de nosotros mismos, lo que significa olvidar cómo hemos sido criados, olvidar cosas cotidianas, olvidarnos de las cosas que tenemos como normalizadas. Y una de éstas es la forma de hablarle a nuestros niños; a veces hablamos de ellos como si no estuvieran presentes, decimos lo buenos o malos que son, y globalizar es muy delicado. Simplemente nos invitamos a reflexionar al respecto, porque no hacemos ninguna de estas cosas con mala intención, desde luego que no, pero a veces un simple cambio en las palabras que escogemos, puede suponer un gran cambio en la vida de nuestros hijos. A mi me pasa muy amenudo, e intento mejorar cada dia, y leer artículos que me brindan herramientas me ayuda mucho.

CUIDADO CON LAS ETIQUETAS

¿Cuál es la parte positiva de etiquetar las cosas? Si en un bote de tomate pone “tomate” podemos saber qué hay dentro sin necesidad de abrirlo. Lo mismo sucede con las personas. Al etiquetar a una persona creemos saber qué hay dentro sin necesidad de mirar. Pepito es un niño alegre. Pepito es muy cariñoso. Pepito es…. ¿Qué pasa con Pepito si es un niño y un día no se siente alegre? Pueden pasar dos cosas: puede pasar que, Pepito, el niño alegre, sea incapaz de expresar su tristeza porque siempre ha sido un niño alegre. También puede pasar que Pepito no sepa qué le pasa, sienta una completa disonancia entre lo que cree ser y cómo se siente y eso le lleve a un estado de furia, culpa y sentimientos contradictorios.
Si estas etiquetas son negativas, puede ser aún peor. El niño “agresivo” no tiene oportunidad de redimirse de su agresividad. Cualquier conducta que el niño muestra, normal o no, será catalogada así y él mismo hará esa valoración sobre sí. Ponerle esta etiqueta perpetúa la agresividad más allá del momento en el que ésta fue necesaria como forma de liberación emocional.
Pero aún peores son las etiquetas en términos absolutistas del tipo: “BUENO O MALO”. Los niños, las personas en general, no son buenas ni malas. Son personas. Tienen sentimientos más agradables y sentimientos más difíciles de elaborar. Son generosas o simplemente no les gusta compartir sus cosas. Aceptar que todos somos diferentes y que no hay nada de “malo” (o de bueno) en ser de una determinada manera es vital para ser libres y educar en la libertad al ser que está en pleno desarrollo.
Como los sentimientos son transitorios, podemos expresarlos como estados. Por ejemplo, podemos decir: qué enfadado estás!! , en lugar de decir: qué mal carácter!! Podemos decir: hoy te sientes generoso, en lugar de decir: eres un niño muy bueno. Podemos decir: hoy no te apetece compartir tus juguetes con nadie, en lugar de decir: qué egoísta eres, no sabes compartir!!
Y como no es lo mismo Ser que Estar y creo que todo el mundo entiende la diferencia, no me extenderé explicándola. Sólo diré que, como seres humanos, pasamos por muchos estados a lo largo del día, pero aún más a lo largo de la vida. Si vemos un bote que pone claramente “tomate” en una etiqueta, no nos molestaremos en abrirlo, probarlo, sentirlo para averiguar lo que es. Lo mismo sucede con las personas, las etiquetas promueven los prejuicios y, cuando hablamos de niños, obligan a comportarse de acuerdo a lo que se espera, a las expectativas que las personas importantes de su vida tienen sobre ellos.

Eliminar etiquetas, evitar decir al niño lo que es, significa, en definitiva, darle la oportunidad de ser quien es, de pulir los aspectos más negativos y dejar salir los positivos, implica la verdad del cambio como parte de la vida y la libertad como parte de su existencia.

Read Full Post »

“Desde hace muchos años estamos en una grave contradicción: por un lado se dedican muchos recursos a investigar el funcionamiento y la evolución del cerebro humano y de sus funciones, y también a investigar el desarrollo de la personalidad y de la salud mental.

Gracias a estas investigaciones hemos aprendido mucho sobre lo que el recién nacido y el niño necesitan para una evolución saludable. Hoy en día conocemos bien EL VALOR INSUSTITUIBLE DE LA RELACIÓN DE APEGO DEL BEBÉ Y SUS PADRES y de las interacciones de calidad que se generan en ella. Sin embargo, a menudo hacemos caso omiso a estos conocimientos y ponemos en riesgo la salud física y mental de nuestros bebés, los ciudadanos del futuro.

Este libro trata fundamentalmente de esta contradicción y sugiere la necesidad de AYUDAS LABORALES Y ECONÓMICAS A LOS PADRES para que puedan realmente conciliar su vida familiar y su vida laboral y criar saludablemente a su bebé

Eulàlia Torras de Beà es médico, psiquiatra y psicoanalista. Hace 40 años puso en marcha la Fundación que hoy en día lleva su nombre, dedicada a la atención psicológica y psiquiátrica de niños, adolescentes y familia. Ha publicado numerosos trabajos en revistas especializadas y varios libros como “Grupos de hijos y de padres” y “Dislexia en el desarrollo psíquico”.

A pesar de este curriculum, era una profesional totalmente desconocida para el gran público hasta que una entrevista suya en La Contra de La Vanguardia el 23-11-2009, titulada “La guardería no puede criar saludablemente a un bebé” la colocó en el punto de mira de las familias, médicos, psicólogos y profesionales de educación infantil por atreverse a decir en alto conclusiones que muchos expertos comparten, pero que cuestionan el modelo social y de mercado actual.

Recientemente ha publicado el libro “La mejor guardería, tu casa. Criar saludablemente a un bebé” en el que trata de devolverles a los padres la confianza en sus capacidades para cuidar a sus hijos tratando de que NO DIMITAN DE SUS FUNCIONES y se conviertan en “cuidadores de segunda”. En esta obra también explica las necesidades afectivas de los bebés, las consecuencias del EXCESO de horas alejados de sus padres y los problemas crecientes al adelantar la edad de entrada a la guardería, habiendo pasado en menos de una década de empezar a los 3 años, o más tarde, a que miles de bebés vivan desde los 4 meses fuera de su casa.

Y con estos hábitos de crianza externalizada-cultura del desapego, la Dra Torras de Beà advierte que España es ya el tercer país donde más psicofármacos se recetan a menores tras EEUU y Canadá.

En este post incluimos:

  1. su intervención en la televisión catalana, Singulars, hablando de este tema
  2. un texto de su libro tomado de la revista El mundo de tu bebé nº 214
  3. 2 documentales sobre autores o estudios que cita Eulàlia Torres de Beà, ambos del programa Redes de Punset: “Aprendiendo a ser padres” con Jay Belsky y “El cerebro de tu bebé”

1. ENTREVISTA EN SINGULARS

http://www.tv3.cat/ria/players/3ac/evp/Main.swf

El programa Singulars entrevistó a esta autora el 22-3-2010 . Está en catalán pero se puede entender con cierta facilidad. Hacemos un RESUMEN:

La Dra Torras de Beà no se considera políticamente incorrecta, sino “profesionalmente correcta”

Afirma que tras su entrevista en La Vanguardia, ella recibió numerosos apoyos de familias, médicos y también de profesionales de guarderia

Ella no demoniza, pero tampoco mitifica a las guarderias. Y considera que aun siendo el personal muy profesional, capacitado y amoroso, no pueden cuidar a los bebés como sus progenitores con un ratio de 1 cuidador /6 bebés. Lo que más critica es el EXCESO de horas, totalmente desproporcionado con la edad de los bebés, y lo que esto implica de desvinculación de sus padres.

“La guardería no puede ser la institución de la crianza donde los bebés pasen todo el tiempo de vigilia”

Se queja de que la sociedad ha desvalorizado a los padres y éstos están perdiendo la intuición, el instinto y la capacidad de captar las emociones de sus propios hijos.

Explica que existe la DEPRESIÓN EN LOS BEBÉS, y cómo pierden el interes por las cosas y son más propensos a coger enfermedades porque se debilita su sistema inmunológico. Cita al doctor RENE SPITZ

Matiza que esto no es su opinión sino que está avalado por numerosas investigaciones que demuestran que el “desarrollo neuronal se ve afectado negativamente con el empobrecimiento de las relaciones con los nenes“. Comparte testimonios de cuidadoras de guarderia sobre lo que sufren los bebés, y ellas mismas en consecuencia, cuando aun faltan demasiadas horas para estar con sus padres

Afirma que esta ruptura de comunicación-empatizar con los hijos desde bebés por falta de tiempo juntos, se notará en la adolescencia

Explica, a petición del presentador, cómo crió ella a sus 3 hijos (el primero mientras estudiaba en la universidad y con excedencia de un año para los siguientes) y cómo aumentó su trabajo externo a medida que sus hijos iban más tiempo a la escuela.

Demanda ayudas públicas para que los padres puedan cuidar a sus hijos al menos 2 años y medidas de conciliación laboral reales y es una de las promotoras del Manisfiesto “Más tiempo con los hijos

El presentador le acusa de culpabilizar a los padres mileuristas que necesitan la guardería para trabajar ambos fuera de casa y de ser ANTI-PROGRESISTA por criticar una de “las mayores conquistas sociales”  que figura crecientemente en los programas electorales. Eulàlia Torres de Beà responde que para ella eso no es progresismo y que “aunque cambie la sociedad y la tecnología, las necesidades, angustias, … de los bebés son las mismas y no han cambiado”. Y recuerda que España es el tercer país mundial en consumo infantil de psicofármacos.

Ella recomienda a los padres que se informen de estos temas y que INVIERTAN en criar a sus hijos de pequeños.

2. TEXTO DEL LIBRO “LA MEJOR GUARDERÍA, TU CASA”

tomado de la revista “El mundo de tu bebé” nº 214

EN BUSCA DE LA VERDADERA CONCILIACIÓN

Si un niño vive sus primeros dos años en su hogar, la guardería y la escuela serán lugares atractivos. Aparte de recibir ayudas, los padres necesitan volver a creer que su papel es fundamental.

Algunos cambios sociales, sobre todo la progresiva incorporación de la mujer al trabajo sin las ayudas sociales necesarias para que las necesidades tanto de ella como de sus hijos estuvieran atendidas, trajeron la tendencia cada vez mayor a criar a los hijos fuera de casa.

Dentro de la década de los setenta se produjeron movimientos políticos que, con toda justicia, reclamaban mejoras en los derechos laborales, familiares y académicos de la mujer. Pero sucedió que en esos movimientos se mezclaron iniciativas de distintos órdenes y, entre ellas, la presión hacia la generalización de la guardería, que, desde una fuerte carga de idealización, se calificó como “mejor” sistema de crianza. Como si la guardería fuese lo que necesitaban los bebés.

Esto fue llevando a una progresiva pérdida de la posición de los padres en relación a la crianza. Hace años ellos conocían bien la importancia de sus funciones de crianza y de educación en relación a los hijos, pero parece que, más tarde, generaciones posteriores de padres han ido creyendo, equivocadamente, que sus hijos necesitan técnicos y que su papel es secundario.

Hoy en día muchos padres han dimitido completamente de su rol, han creído la propaganda que dice que hay otras personas que pueden realizar su papel mejor que ellos, se han autodesvalorizado y se han colocado en el lugar de cuidadores de segunda clase. En lugar de valorar su intuición y su instinto, dejan pasar delante “la técnica”, es decir, los estudios de los profesionales de las instituciones.

Juntos el mayor tiempo posible

Si el bebé permanece muchas horas en la guardería, le quedarán pocas para conservar suficiente contacto y conocimiento mutuo con los padres. Como consecuencia de este escaso contacto, los padres a menudo conocen poco a sus hijos.

Los grandes acontecimientos, como iniciar la marcha, los primeros bisílabos y palabras, sacar pañales y enseñar el control de esfínteres, suceden en la guardería, por lo que la madre, y por supuesto el padre, no suelen conocer bien los datos de evolución psicomotora, lo que nos muestra que no tienen a su hijo bien perfilado en su cabeza. Así, cuando en la consulta del pediatra o del psicólogo se les preguntan los datos de evolución, a menudo deben consultar a la guardería.

La relación con los padres se diluye y, como dice Rygaard (2008), el sistema de apego se desactiva. Como consecuencia, no es excepcional que las madres se sientan inseguras en relación a lo que deben hacer con sus hijos; no es infrecuente que eso también lo consulten en la guardería.

La madre corre el riesgo de perder sensibilidad y empatía hacia las necesidades del niño, y confianza en su habilidad para interpretar las señales del bebé y en su capacidad de tomar decisiones en relación a su cuidado.

Esta dimisión de los padres de su función, esta aceptación de que la suya es una posición secundaria, es grave. Para los hijos es importante tener padres que conozcan su función, que les conozcan bien, que sepan lo que los hijos necesitan, que se atrevan a tomar decisiones, en lugar de padres desvalorizados, secundarios, que creen que deben consultar en la guardería todo lo concerniente a sus hijos.

¿Cómo podrían los padres autodesvalorizados, inseguros, que dimiten de su rol, tener una autoridad estructurante y necesaria hacia sus hijos? ¿Cómo podrían ejercer esa autoridad estructurante que los hijos necesitan -y que en el fondo agradecen-, que permite poner los límites correctos que empujan la evolución, la maduración, para que los ayude a encaminar sus pasos en tantos aspectos de su vida? Esa autoridad real, que no hay que confundir con autoritarismo, marca los verdaderos “límites” de los que tanto se habla y que tantas veces se confunden.

Dos años para dedicarnos a su cuidado

No hay duda de que el camino en que nos deberíamos empeñar todos es el de reclamar ayudas de los poderes públicos para poder organizar una conciliación real y poder cuidar nosotros mismos de nuestros hijos.

Con este escrito trato de ofrecer algo de mi experiencia para contribuir a lograr una conciliación real en el cuidado de los hijos. Pero, aun siendo muy importante el logro de esta conciliación, todavía lo es más que los padres recuperen claramente el conocimiento de su importancia en este cuidado. Que recuerden la importancia central de su función en la crianza de sus hijos,que  no les quede duda de que ellos tienen el papel principal. Este es uno de los cambios culturales que tenemos pendientes.

Este texto está dedicado a aquellos padres que se están planteando cómo y dónde criar a sus hijos, a aquellos otros que en el futuro deberán tomar también esta decisión y, por qué no, a aquellos que han iniciado su camino de crianza en la guardería, pero que deseen reflexionar acerca de la forma en que la están utilizando, el número de horas que sus hijos asisten a ella y la edad a la que han empezado.

También es esencial pensar en cómo se organizan los padres para cultivar y disfrutar de la relación con su hijo durante las horas de que disponen para compartir con él y tantos otros detalles vinculados a la relación con el hijo.

Más aún, creo que tener claros los elementos esenciales de la crianza puede ayudar también a reflexionar a los padres que están criando a sushijos en casa. No podemos creer que, por muy abundantes que sean los padres intuitivos implicados que comparten actividades con sus hijos de forma sensible y válida, todos los padres tengan estas capacidades.

Es posible que haya niños que estén en casa, pero mirando cómo se mueve la ropa tendida o, desde pequeños, delante del televisor durante horas, o cuando son algo más mayores dedicados solamente a la Play o a los juegos de Internet. Evidentemente, esta no es la crianza deseable para ellos.

En cuanto a la edad de comenzar a asistir a la guardería, mi experiencia me lleva a pensar que una edad adecuada es aproximadamente los dos años y medio o los tres, cuando el niño comprende ya el lenguaje y es capaz de explicarse y de dar a entender a la maestra y a la madre lo que le sucede.

Esta edad coincide con otro parámetro, la casa ya se le está quedando pequeña; ahora disfruta de actividades fuera de casa, busca relación con niños y está preparado para integrarse en juegos de su nivel. Ahora sí que es el momento de ayudarlo a socializarse. De esta forma, la escuela será para él un lugar atractivo, en lugar de que corra el riesgo, según cómo se hagan las cosas, de que la escuela le resulte una pesadilla para siempre.

Sin embargo, hay niños que, por necesidades familiares o por la razón que sea, a los dos años asisten ya tres horas diarias a la guardería. Si hacemos caso de Belsky (y de otros investigadores), que dice que todo lo que sea más de diez horas semanales al final del primer año es preocupante, podemos pensar que tres horas por día a los dos años es un régimen tranquilizador que permitirá al niño comenzar sus primeras experiencias de forma segura.

Atender las propias necesidades

En alguna ocasión, conversando sobre la crianza y mencionando la importancia de la relación entre el bebé y la madre, me han preguntado si creo que la madre debería estar con su bebé siempre. Por supuesto que, por mi parte, no recomendaría intentar algo parecido. La madre puede atender sensible y cuidadosamente las necesidades de su bebé, pero ella también tiene sus propias necesidades.

En los primeros meses del bebé, cuando madre e hijo “se están conociendo”, la lactancia se está regularizando y la madre está descubriendo las características de su hijo, sobre todo si el que acaba de tener es el primero y, por lo tanto, pesa la lógica inexperiencia, ella está atrapada por la enorme dependencia del bebé, que le ocupa completamente su mente, además de gran parte de su tiempo.

Puede sentirse agobiada por la situación. Por supuesto, no ocurre lo mismo si se trata de un segundo o tercer hijo, ya que la experiencia anterior ayuda a tomar todas las situaciones en relación al bebé con una calma diferente.

De todos modos, la madre puede sentirse a ratos demasiado atrapada, algo sobrecargada y añorada de áreas de su vida que en este momento no puede disfrutar como antaño: salidas con amigos, su trabajo, etc. Por supuesto, allí puede estar un padre sensible que la ayude a llevarlo mejor,

La madre, poco a poco, encontrará la normalidad, pero la crianza no puede ser cosa de una persona sola. Es mejor que la realice un grupo reducido de personas, que pueden ser los padres y alguien más, que conozcan bien al bebé, lo quieran y estén muy bien coordinadas a la hora de atenderlo.

3. DOCUMENTALES RELACIONADOS

VÍDEO SOBRE JAY BELSKY, Aprendiendo a ser padres, en el programa Redes de Punset (info)

http://www.dailymotion.com/swf/video/xbhmug?theme=none
Jay Belsky: Aprendiendo a ser padres por raulespert

VÍDEO SOBRE EL CEREBRO DEL BEBÉ en el programa Redes de Punset (info)

http://tu.tv/tutvweb.swf?kpt=aHR0cDovL3d3dy50dS50di92aWRlb3Njb2RpL3IvZS9yZWRlcy00NDctZWwtY2VyZWJyby1kZWwtYmViZS5mbHY=&xtp=135395

Sitio oficial: Fundación Eulàlia Torras de Beà y Manifiesto “Más tiempo con los hijos

Venta online del libro “La mejor guardería, tu casa
Otros libros de esta autora

En El Blog Alternativo: Entrevista en La Contra a Eulàlia Torras de Beà: “La guardería no puede criar saludablemente a un bebé
En El Blog Alternativo: Artículo sobre el manifiesto “Más tiempo con los hijos”
En El Blog Alternativo: La familia contra el Club Bildelberg y La familia: liquidación por defunción

En El Blog Alternativo: Artículos sobre conciliación familiar-laboral y guarderías

Más artículos sobre la escolarización temprana:

NOTA FINAL:

Recordamos que el discurso de esta autora no es machista, ni retrógrado, ni utópico sino que es la política de los países nórdicos donde existen bajas remuneradas de maternidad-paternidad muy largas y la tasa de trabajo femenino es mayor y en puestos de más responsabilidad-status.

  • España: baja de maternidad de 16 SEMANAS y 52,8% de trabajo femenino
  • Suecia: baja de maternidad de 16 MESES y 70,2% de trabajo femenino

Los países más avanzados son los que protegen verdaderamente el vínculo madre-hijo, la infancia y la crianza con apego.

Read Full Post »

traducido por Monica Salazar de familia libre

Por Alfie Kohn

NOTA: Una versión abreviada de este artículo fue publicada en la revista Parents en mayo de 2000 con el título “Hooked on Praise” (“Enganchados a los Elogios”). Para una visión más detallada de los temas discutidos aquí, por favor refiérase a los libros Punished by Rewards y Unconditional Parenting.

Salga a un sitio de juegos, visite una escuela o aparézcase en la fiesta de cumpleaños de un niño, y hay una frase que de seguro va a escuchar: “¡Muy bien!”. Incluso los bebés pequeños son elogiados por juntar sus manos (“Bonito aplauso!). A algunos de nosotros se nos escapan estos juicios sobre nuestros niños al punto de que casi se convierte en un tic verbal.

Muchos libros y artículos advierten en contra de recurrir al castigo, desde pegar hasta el aislamiento forzado (“tiempo fuera”). Ocasionalmente alguien incluso nos pedirá que reconsideremos la práctica de sobornar a los niños con stickers o comida. Pero usted tendrá que buscar arduamente para encontrar una palabra que desaliente lo que es eufemísticamente llamado refuerzo positivo.

Para que no haya ningún malentendido, el punto aquí no es cuestionar la importancia de apoyar e incentivar a los niños, la necesidad de amarlos y abrazarlos y ayudarlos a sentirse bien con ellos mismos. Los elogios, sin embargo, son una historia completamente diferente. Aquí explico por qué.

1. Manipulando a los niños. Suponga que usted ofrece una recompensa verbal para reforzar el comportamiento de un niño de dos años que come sin regar, o de un niño de cinco años que limpia sus materiales de arte. ¿Quién se beneficia de esto? ¿Es posible que el decir a los niños que han hecho un buen trabajo tenga menos que ver con sus necesidades emocionales que con nuestra propia conveniencia?

Rheta DeVries, profesora de educación en la Universidad del Norte de Iowa, se refiere a esto como “control con cubierta de azúcar”. Muy parecido a las recompensas tangibles – o, para el propósito, castigos – es una forma de hacer algo a los niños para conseguir que ellos cumplan con nuestros deseos. Puede ser efectivo en producir estos resultados (al menos por un tiempo), pero es muy diferente a trabajar con los niños – por ejemplo, entablar una conversación con ellos a cerca de qué es lo que hace a una clase (o a una familia) funcionar sin problemas, o cómo otras personas son afectadas por lo que hemos hecho – o dejado de hacer. Este último enfoque no solo que es más respetuoso si no que no es efectivo para ayudar a los niños a convertirse en personas reflexivas.

La razón por la cual los elogios pueden funcionar a corto plazo es que los niños pequeños están hambrientos de aprobación. Pero nosotros tenemos la responsabilidad de no aprovecharnos de esta dependencia para nuestra propia conveniencia. Un “¡Muy bien!” para reforzar algo que hace nuestras vidas un poco más fáciles puede ser un ejemplo de tomar ventaja de la dependencia de los niños. Los niños también pueden empezar a sentirse manipulados por esto, incluso si ellos no pueden explicar a ciencia cierta por qué.

2. Creando adictos a los elogios. De seguro, no todo uso de elogios es una táctica calculada para controlar el comportamiento de los niños. Algunas veces felicitamos a los niños solamente porque estamos genuinamente complacidos por lo que han hecho. Sin embargo, incluso en esos casos, vale la pena poner más atención. En lugar de aumentar la auto estima de un niño, los elogiados pueden incrementar su dependencia hacia nosotros. Mientras más decimos “Me gusta la forma en que tú….” o “Muy bien hecho…”, incrementa la dependencia de los niños hacia nuestras evaluaciones, nuestras decisiones acerca de lo que está bien y mal, en lugar de aprender de sus propios juicios. Esto los lleva a medir su valor en términos de lo que a nosotros nos hará sonreír y darles un poco más de aprobación.

Mary Budd Rowe, una investigadora de la Universidad de Florida, descubrió que los estudiantes que eran elogiados profusamente por sus profesores eran más indecisos en sus respuestas, más proclives a responder en un tono de voz de pregunta (“mm, ¿siete?”). Tendían a retractarse de una idea propuesta por ellos tan pronto como un adulto mostraba su desacuerdo. Además, tenían menos tendencia a perseverar en tareas difíciles o compartir sus ideas con otros estudiantes.

En resumen, “Buen trabajo!” no les da seguridad a los niños; en última instancia, los hace sentirse menos seguros. Este tipo de frases puede incluso crear un círculo vicioso en el que mientras más recurrimos a los elogios, más parecen los niños necesitarla, por lo que los elogiamos aún un poco más. Penosamente, algunos de estos niños se convertirán en adultos que continúan necesitando a alguien que les dé una palmada en la espalda y les diga si lo que hicieron estuvo bien. De seguro, esto no es lo que queremos para nuestros hijos e hijas.

3. Robando el placer de un niño. Aparte del problema de dependencia, un niño merece disfrutar de sus logros, sentirse orgulloso de lo que ha aprendido a hacer. También merece decidir cuándo sentirse de tal o cual forma. Pero, cada vez que decimos, “¡Muy bien!”, le estamos diciendo al niño cómo sentirse.

De seguro, hay momentos en los que nuestras evaluaciones son apropiadas y nuestra guía es necesaria – especialmente con niños que ya caminan y de edad pre-escolar. Pero una corriente constante de juicios de valor no es ni necesaria ni útil para el desarrollo de los niños. Desafortunadamente, seguramente no nos hemos dado cuenta de que “¡Muy bien!” es una evaluación tanto como lo es “¡Mal hecho!” La característica más notable de un juicio positivo no es que este sea positivo, si no que es un juicio. Y a la gente, incluyendo a los niños, no les gusta ser juzgados.

Yo disfruto y guardo las ocasiones en las que mi hija logra hacer algo por primera vez, o hace algo mejor de lo que lo había hecho hasta ahora. Pero trato de resistir al reflejo de decir “¡Muy bien!” porque no quiero diluir su alegría. Quiero que ella comparta su placer con migo, no que me mire buscando un veredicto. Quiero que ella exclame, “¡Lo hice!” (lo que ocurre regularmente) en lugar de preguntarme con incertidumbre, “¿Estuvo bien?”

4. Perdiendo el interés. “¡Muy bonita pintura!” puede hacer que los niños sigan pintando por el tiempo que nos mantengamos mirando y elogiándolos. Pero, advierte Lilian Katz, una de las principales autoridades nacionales de educación en la temprana infancia, “una vez que se quita la atención, muchos niños no volverán a esa actividad nuevamente.” Efectivamente, una cantidad impresionante de investigaciones científicas han mostrado que mientras más recompensamos a la gente por hacer algo, más tiende a perder el interés por cualquier cosa que deban hacer para obtener recompensas. Ahora el punto no es dibujar, leer, pensar, crear – el punto es tener el regalo, sea este un helado, un sticker o un “¡Muy bien!”.

En un estudio de problemas conducido por Joan Grusec de la Universidad de Toronto, los niños pequeños que fueron elogiados frecuentemente por muestras de generosidad, tendían a ser un poco menos generosos en el día a día, de lo que eran los otros niños. Cada vez que ellos han oído “¡Muy bien por compartir!” o “Estoy muy orgulloso de ti por ayudar”, ellos perdían el interés por compartir o ayudar. Estas acciones vinieron a verse no como algo valioso en su propio sentido de lo justo, si no como algo que deben hacer para obtener nuevamente esa reacción del adulto. La generosidad se convierte en el medio para un fin.

Motivan los elogios a los niños? Por supuesto. Los motivan a obtener elogios. Desgraciadamente, esto sucede frecuentemente a expensas del compromiso hacia cualquier cosa que ellos estaban haciendo y que provocó un elogio.

5. Disminuyendo el Desempeño. Como si no fuera suficientemente malo que un “¡Muy bien!” pueda menoscabar la independencia, el placer y el interés, puede también interferir con cuán bien los niños hacen una tarea. Los investigadores continúan hallando que los niños que son elogiados por hacer bien un trabajo creativo tienden a tropezar en la siguiente tarea- y no les va tan bien como a los niños que no fueron elogiados al principio.

¿Por qué sucede esto? En parte porque los elogios crean una presión de “continuar el buen trabajo”, llegando a interponerse en el camino de lograrlo. En parte porque su interés en lo que hacen puede disminuir. En parte porque ellos se vuelven menos propensos a tomar riesgos – un prerrequisito para la creatividad- una vez que comienzan a pensar sobre cómo hacer que esos comentarios positivos continúen viniendo.

En forma general, “¡Muy bien!” es un vestigio de un enfoque que reduce toda la vida humana a comportamientos que pueden ser vistos y medidos. Desafortunadamente, esta ignora los pensamientos, sentimientos y valores que yacen detrás de los comportamientos. Por ejemplo, un niño puede compartir un refrigerio con un amigo como una forma de atraer un elogio, o como una forma de asegurarse de que otro niño tenga suficiente para comer. Los elogios por compartir ignoran estos diferentes motivos. Peor aún, estos de hecho promueven el motivo menos deseable, haciendo a los niños más proclives a tratar de pezcar elogios en el futuro.

Una vez que usted empieza a elogiarlo por lo que es – y lo que hace – estas pequeñas y constantes explosiones de evaluación de los adultos comienzan a producir los mismos efectos que unas uñas rasgadas lentamente sobre un pizarrón. Usted comienza a alentar a un niño a dar a sus maestros y padres un bocado de su propia melaza, volteándose a responderlos diciendo (en el mismo tono de voz dulzón), “¡Muy buen elogio!”

Sin embargo, no es un hábito fácil de romper. Dejar de elogiar, al menos al principio, puede parecer extraño,. Se puede sentir como si estuviese siendo frío o guardándose algo. Pero eso, (y pronto se vuelve evidente) sugiere que nosotros elogiamos más porque necesitamos decirlo que porque nuestros niños necesitan oírlo. Siendo esto así, es tiempo de reconsiderar lo que estamos haciendo.

Lo que los niños necesitan es apoyo incondicional, amor sin compromisos. Eso no solo que es diferente a un elogio – es lo opuesto al elogio. “¡Muy bien!” es condicional. Significa que estamos ofreciendo atención, reconocimiento y aprobación por saltar a través de nuestro aro, es decir, por hacer algo que nos place a nosotros.

Este punto, usted lo notará, es muy diferente a una crítica que mucha gente ofrece al hecho de dar a los niños mucha aprobación, o dársela muy fácil. Ellos recomiendan que nos hagamos más tacaños con nuestros elogios y demandemos que los niños “los ganen”. Pero el problema real no es que los niños de esta época esperen ser elogiados por todo lo que hacen. Lo que sucede es que nosotros estamos tentados a tomar atajos, a manipular a los niños con recompensas en lugar de explicar y ayudarlos a desarrollar las habilidades necesarias y los buenos valores.

Entonces, ¿cuál es la alternativa? Eso depende de la solución, pero cualquier cosa que decidamos decir tiene que ser en el contexto del afecto genuino y amor por lo que los niños son en vez de por lo que han hecho. Cuando está presente el apoyo incondicional, un “¡Muy bien!” no es necesario; cuando no está presente, un “¡Muy bien!” no ayudará.

Si estamos elogiando acciones positivas como una forma de desalentar un mal comportamiento, esto tiene poca probabilidad de ser efectivo por mucho tiempo. Incluso cuando esto funciona, no podemos afirmar que el niño ahora “se esté comportando”; sería más preciso decir que los elogios lo hacen comportarse. La alternativa es trabajar con el niño, para descubrir las razones por las que él está actuando de esa manera. Podríamos tener que reconsiderar nuestros propios requerimientos en vez de simplemente buscar una forma de que los niños obedezcan. (En lugar de usar “¡Muy bien!” para hacer que un niño de cuatro años se siente callado durante una larga clase o cena familiar, tal vez deberíamos preguntarnos si es razonable esperar que un niño haga esto).

También debemos encaminar a los niños hacia el proceso de tomar sus propias decisiones. Si un niño está haciendo algo que molesta a otros, entonces sentarse posteriormente con él y preguntarle, “¿Qué piensas que podemos hacer para solucionar este problema?” podría ser más efectivo que chantajes o amenazas. Esto también ayuda al niño a aprender cómo resolver problemas y le enseña que sus ideas y sentimientos son importantes. Por supuesto, este proceso toma tiempo y talento, cuidado y coraje. Lanzar un “¡Muy bien!” cuando el niño actúa en una forma que nosotros estimamos apropiada no toma ninguna de estas cosas, lo que explica por qué las estrategias de “hacer algo a” son más populares que las estrategias de “trabajar con”.

¿Y qué podemos decir cuando los niños hacen algo impresionante? Considere estas tres posibles respuestas:

* No diga nada. Algunas personas insisten en que un acto servicial debe ser “reforzado” porque, secreta o inconscientemente, ellos piensan que fue una casualidad. Si los niños son básicamente malos, entonces se les debe dar una razón artificial para ser buenos (a saber, recibir una recompensa verbal). Pero si este cinismo es infundado-y muchas investigaciones sugieren que lo es-entonces los elogios no serían necesarios.

* Diga lo que vio. Un enunciado simple, sin evaluación (“Te pusiste los zapatos por ti mismo” o incluso solamente “Lo hiciste”) dice a su hijo que usted se dio cuenta. También le permite a él sentirse orgulloso de lo que hizo. En otros casos, puede tener sentido hacer una descripción más elaborada. Si su hijo hace un dibujo, usted podría ofrecer unas observaciones –no un juicio-sobre lo que usted ve: “¡La montaña es inmensa!” “¡Hijo, de seguro usaste mucho color morado hoy día!”

Si un niño hace algo cariñoso o generoso, usted podría atraer su atención sutilmente hacia el efecto de esta acción en la otra persona: “¡Mira la cara de Abigail! Ella parece muy feliz ahora que le diste un poco de tu comida”. Esto es completamente diferente a un elogio, en el que el énfasis está en cómo usted se siente acerca de la acción hecha por su hijo.

* Hable menos, pregunte más. Incluso mejores que las descripciones son las preguntas. Por qué decirle a él qué parte de su dibujo le impresionó a usted cuando puede preguntarle qué es lo que a él le gusta más de su dibujo? El preguntar “Cual fue la parte más difícil de dibujar?” o “¿Cómo hiciste para hacer el pie del tamaño correcto?” es probable que alimente su interés por el dibujo. Decir “¡Muy bien!”, como lo hemos visto, puede tener exactamente el efecto contrario.

Esto no significa que todos los cumplidos, todos los agradecimientos, todas las expresiones de gusto sean dañinas. Debemos considerar los motivos por los que los decimos (una expresión genuina de entusiasmo es mejor que un deseo de manipular el futuro comportamiento del niño) así como los efectos verdaderos de decirlos. ¿Están nuestras reacciones ayudando al niño a percibir un sentido de control sobre su vida—o de buscar constantemente nuestra aprobación? Están estas expresiones ayudándolo a volverse más entusiasta en lo que está haciendo por derecho propio, o convirtiendo en algo que él solo quiere hacer para recibir una palmada en la espalda.

No es cuestión de memorizar un nuevo guión, si no de tener presentes nuestros objetivos a largo plazo para nuestros hijos y estar alerta sobre los efectos de lo que decimos. La mala noticia es que el uso de refuerzos positivos no es realmente algo positivo. La buena noticia es que usted no tiene que evaluar para poder motivar

Read Full Post »

Publicado en el número 29 de la revista Mente Sana.

Empezar a ir a la escuela es un cambio importante en la vida de todos los niños: personas nuevas, normas y horarios diferentes…Como todo proceso adaptativo, la escolarización debe hacerse paulatinamente. Tener en cuenta su grado de madurez es la clave para evitar que el niño sufra.

La mayor parte de los alumnos de infantil y primaria -entre los 3 y los 12 años- se lo pasan bien en la escuela. Raramente lloran en la puerta o se agarran a los brazos de su madre o de su padre. Pronto entran en la escuela sin volver la vista atrás. Los padres acaban renunciando a exigir un beso de despedida -“Qué vergüenza, delante de mis compañeros!”-, y el día menos pensado te ruegan que dejes de acompañarlos.

Aunque ocasionalmente puedan quejarse de algún compañero, de alguna “injusticia” de los profesores o de la dificultad de algún ejercicio, van a la escuela ilusionados y sin oponer resistencia. Aún más, a principios de septiembre se aburren tanto en casa que desean volver al cole.

Pero esta situación no es siempre así. Algunos niños sufren en la escuela o se niegan a ir. ¿Cómo podemos ayudarles?

¿Seguro que está listo?

Naturalmente, no todos los niños crecen a la misma velocidad. A los tres o cuatro años hay niños que todavía no están preparados para separarse de sus padres, del mismo modo que los hay que, con dos años, son más independientes. A veces, en los primeros días de clase, se observa un efecto paradójico: niños que ya habían ido antes a la guardería lloran desconsoladamente, mientras que otros que habían estado siempre en casa, entran -y salen- contentos.

Y es que separarse de la madre sin angustia no es algo que se aprenda, no sirve “acostumbrarse” ni “practicar”. Es una cuestión de maduración, de edad. Con un año, no quieren separarse ni un momento de ella; a los cinco aceptan hacerlo; y a los quince, están deseando hacer y deshacer por su cuenta.

Empezar con buen pie

Al niño que separamos de su madre demasiado pronto, lejos de “acostumbrarlo”, podemos dejarle el recuerdo de una triste experiencia. No teme a la escuela sino al lugar donde lo pasó tan mal de pequeño. En cambio, el que espera feliz con su familia y sólo va al cole cuando está realmente preparado no tiene malas experiencias que recordar.

Cuando el problema es la corta edad, el tiempo es el mejor remedio. No se trata de “cómo conseguir que mi hija vaya a la escuela contenta”, porque eso ocurrirá al cabo de unos meses, aunque no hagamos nada de nada. El problema es “en estos meses que faltan hasta que mi hija vaya a la escuela contenta, cómo conseguir que sufra lo menos posible”.

En muchas ocasiones, bastará un poco de comprensión y unas palabras de ánimo. Es importante aceptar la ansiedad del niño – “El primer día da un poco de miedo, ¿verdad?- , explicarle qué hará en la escuela, con quién estará, quién vendrá a recogerle y cuándo. No negar su angustia -“No te pongas así que nadie te ha hecho nada”, “Pero si no pasa nada, tonto”- y mucho menos, ridiculizarlo- “Parece mentira, un niño tan grande llorando, qué va a pensar la señorita”, “Los otros niños no tienen miedo, eres el único que llora”.

Al salir de la escuela, puede que el niño exija más brazos y más atención de la habitual y se pegue como una lapa, o que se muestre malhumorado, gritando, rehuyendo la mirada, protestando por todo. Es importante comprender que éstas son las respuestas normales a la separación, que nuestro hijo necesita comportarse así para sentir que le siguen queriendo y para recuperar la seguridad. Es importante darle esos brazos y esa atención que pide, y tolerar su mal humor sin reñirle ni castigarle.

Una respuesta fría y distante – “Camina que para eso tiene los pies”, “No seas pesada”, “Ahora te estás portando como un bebé, mamá está enfadada”… – justo en el momento que más nos necesitan, no hace más que empeorar las cosas.

En otros casos no basta con buenas palabras. Hay niños que lo pasan realmente mal. Si las circunstancias laborales y familiares permiten otra opción -quedarse un tiempo en casa, o con los abuelos- , es bueno ofrecerla: “si quieres, mañana te quedas en casa en vez de ir al cole”.

Muchas veces, el niño declina la invitación: la seguridad de saber que existe una salida, que sus padres le comprenden y se lo toman en serio, le da el valor para continuar. Otros niños necesitarán quedarse en casa durante unos días o semanas. ¿No será eso un paso atrás, no estaremos contribuyendo a que se enquiste la situación y no se adapte nunca a la escuela? Al contrario: ir un día tras otro, llorando y sufriendo, es lo que puede enquistar la situación.

Algunos niños parece que están contentos el primer trimestre, pero en enero se desmoronan. No debemos pensar que es una tomadura de pelo o un retroceso. Tal vez las vacaciones navideñas les han recordado lo que podía haber sido y no fue: habían llegado a aceptar que “Hay que ir al cole porque papá y mamá trabajan y no hay nadie más que me pueda cuidar”, y de pronto descubren que mamá sí estaba en casa -por ejemplo, si la madre tiene vacaciones- o bien que hay otra alternativa y alguien les ha cuidado cuando no había escuela.

Frente al acoso escolar

Claro que también puede haber motivos más duros para no querer ir al cole. Puede haber un “matón” o un grupo de “matones” que mantiene aterrorizados a los demás niños. Puede haber problemas con chicos mayores, a la hora del patio en la entrada al recinto escolar. Unos niños pueden convertirse en víctimas por algún defecto físico, por su torpeza en los juegos, por problemas de aprendizaje o por no llevar ropa de marca; otros, por todo lo contrario, por “empollones”, “pijos”…No se habla tanto del acoso o los malos tratos por parte de los profesores, pero también se da. Los niños maltratados por su compañeros o profesores pueden callar o incluso negar que han sufrido reiteradamente esos maltratos. Será entonces cuestión de investigarlo.

El rechazo a la escuela no siempre es explícito. Algunos niños tienen con demasiada frecuencia, dolores de cabeza o de barriga que desaparecen misteriosamente a los pocos minutos si se quedan en casa. No siempre están fingiendo. Un niño tiene tanto derecho como un adulto a somatizar, a sentir verdadero dolor de cabeza por estrés. De todos modos, tanto el niño que finge como el que de verdad se siente mal tiene un problema y necesitan comprensión y ayuda, no castigos o sermones.

Lo primero, claro, es preguntarle qué le ha pasado, por qué no quiere ir a la escuela. El problema es que no siempre lo explican, porque no quieren o porque no pueden. Habrá que hablar, entonces, con sus profesores y con otros padres. ¿Ha habido algún problema con los estudios, con los exámenes, con la disciplina? ¿Hay otros niños en clase que no quieran ir a la escuela o que han cambiado de humor o de conducta en los últimos meses? ¿Hay rencillas personales, peleas e insultos entre compañeros? ¿Conflictos con el personal docente?

Buscar alternativas

Los problemas leves se resuelven pronto con paciencia, apoyo y cariño. Pero no siempre es tan fácil. Si el problema es general, la acción conjunta de varias familias, respaldadas si es preciso por psicólogos y pediatras, pueden conseguir cambios en la conducta de la persona conflictiva… o su expulsión.

Pero a veces se trata de una incompatibilidad personal. Algunos niños necesitan un cambio de aires: otros profesores, otros compañeros, otros métodos educativos. Y a algunos, sencillamente, la escuela no les funciona. Si aceptamos que un adulto quiera ser camionero, vendedor o cantante y que aborrezca el trabajo de oficina, ¿por qué a todos los niños les va a convenir estudiar en el mismo ambiente, con las mismas normas, métodos y horarios?

De hecho, a juzgar por las estadísticas de fracaso escolar, son muchos los niños a los que la escuela no les sirve. Tal vez por eso hay familias que optan por educar a sus hijos en casa (véase http://www.educacionlibre.org).

En último término, en caso de conflicto, los padres tenemos que recordar que nuestra lealtad y nuestro deber están con nuestros hijos, no con el sistema educativo.

Read Full Post »

de Babog

Frases para no estimular la creatividad de un bebé

por Luis.
¿Cuándo sepultamos la creatividad en nuestros hijos? Lee el siguiente artículo de Luis… 

Beneficios de ser creativo:

  • Mayor curiosidad que miedo a lo desconocido
  • Gran capacidad para la resolución de problemas de forma original
  • Mayor independencia
  • Gran imaginación
  • Gran expontaneidad

 

Frases:

  1. “No cojas la cuchara así, se coge por este otro lado”. Con ello el bebé escucha cómo debe hacerlo en lugar de descubrir por sí mismo cuál es la mejor forma. Tarde o temprano va a ver que la cuchara le funciona mejor si la coge por el extremo correcto.
  2. “Las cosas no se tiran al suelo” (cuando empieza a arrojarlas por primera vez desde que está sentado a la mesa para comer). Aquí el mensaje que le llega es que no pruebe, que no experimente, que no vea cómo suena cada cosa al caer. Que el vaso de plástico suena diferente al plátano cuando caen al suelo. Son su primer contacto con la Ley de la Gravedad.
  3. Juguete con interruptor: “Que no, que no te enteras, que se enciende dándole aquí” (el bebé no para de darle vueltas y vueltas al juguete, chuparlo, ponerlo boca abajo y darle golpes). A lo mejor en ese momento no está interesado en encenderlo y que suene la música como en estudiarlo, en familiarizarse con ello. O a lo mejor quiere encenderlo por sí mismo. ¿Te imaginas la satisfacción que le va a suponer encenderlo por sí mismo sin ayuda de nadie?
  4. Cuando empieza a andar: “No cojas eso”, “No cojas lo otro”. El ajuste constante a las normas ayuda muy poco a la estimulación de la creatividad. Si no puede romper nada valioso, si no se puede hacer daño a sí mismo ni a otros, ¿por qué no dejarle hacer? De lo contrario, si hay peligro por coger ciertas cosas ¿por qué están a su alcance? Necesita explorar, aprender, experimentar.
  5. “No hagas eso, que te caes” (en un sitio donde no se puede hacer daño si se llega a caer). Ídem 4
  6. “No vayas por ahí, se va por aquí” Ídem 4
  7. “El pan no se echa en el vaso con agua. El agua se bebe sola” Ídem 4
  8. “¡Pero que así no se leen los libros hombre! que lo estás poniendo al revés. Mira, se hace así” ¿Y si lo que lo que le llama la atención son los colores, las formas, las texturas y no el argumento?
  9. “Son las dos, hora de comer. Me da igual que protestes, es hora de comer” Innecesario ajuste constante a las normas. El mensaje que le llega es que no escuche su cuerpo, que no haga caso de ello y que quien se lo dice sabe mejor que él cuándo tiene hambre.
  10. “Ya es muy tarde. A dormir. Aunque no des muestras de sueño, yo sé que lo tienes porque ya es tu hora. A dormir.” Ídem 9

 

En definitiva, la creatividad del bebé no se estimula, sino todo lo contrario, cuando:

  • se evita que haga algo que no pone en peligro su integridad ni la de otros,
  • se impide que experimente, pruebe nuevos caminos, nuevas formas, 
  • se juzga todo lo que hace,
  • una de las cosas que más escucha es la palabra “no”
  • se le impone el orden absoluto en todo lo que hace, nunca se puede salir de lo que se considera apropiado para él
  • Read Full Post »

del blog alternativo

“Los adultos secuestramos la niñez de forma nunca vista a lo largo de la historia y, desde el instinto de intentar hacer lo mejor para nuestros hijos, hemos caído en el exceso, lo que provoca un efecto negativo, tragicómico. Porque aún queriendo lo mejor, la forma en que educamos a nuestros les provoca problemas de salud mental, física…”

“Aplicamos la cultura del perfeccionismo, que tiene que ver con la del consumo, la que nos vende la idea de que todo tiene que ser perfecto, la casa, el cuerpo, las vacaciones, nuestros hijos… La cultura del managemet contagia toda nuestra vida”

“Los niños no están con los padres. Los padres despreciamos lo pequeño, lo simple, lo barato, y los niños lo que más necesitan es nuestra presencia, atención, que estemos. Esta es una línea fácil de cruzar. La mayor expresión del amor hacia nuestros hijos es estar con ellos”

“Nos sentimos mal si nuestro hijo no tiene un juguete electrónico de 85 euros, no sólo porque lo tiene el hijo del vecino, sino porque en la caja nos dice que es muy útil para su mayor desarrollo cognitivo. El mercado manipula nuestros miedos, nuestras angustias para vender más y más”
Carl Honoré

Carl Honoré es el escritor escocés que con su libro “Elogio de la lentitud” influyó en el nacimiento y la extensión mundial del movimiento SLOW, y del que publicamos la interesante entrevista “Vivir deprisa no es vivir, sino sobrevivir”.

Años después, y a raíz de una experiencia personal con su hijo al que le diagnosticaron “superdotado artísticamente”, pero que se negó a asistir a academias especiales y optó sólo por disfrutar dibujando, el autor emprendió un viaje de 2 años por toda Europa, América y Asia analizando la situación de la infancia en la actualidad.

Visitó colegios, guarderías, clubes deportivos, laboratorios y ferias de juguetes; se entrevistó con profesores, entrenadores, concejales, publicistas, policías, terapeutas, médicos y muchos expertos en desarrollo infantil, habló con cientos de padres y de niños, y seleccionó las últimas investigaciones científicas.

Y el resultado de ese trabajo se titula “Bajo presión: cómo educar a nuestros hijos en un mundo hiperexigente” y es un toque de atención y una denuncia al “SECUESTRO ACTUAL DE LA INFANCIA” en un mundo consumista y perfeccionista, pero alejado diametralmente de las verdaderas necesidades de los niños.

El libro no es un manual de crianza ni de educación, sino una radiografía de la situación actual, un alegato en favor del sentido común a la hora de criar a los hijos, de la importancia de la PRESENCIA de los padres, pero ocupándose y no preocupándose por los niños, y un llamamiento a frenar la presión social y los mensajes confusos de la industria publicitaria y de los medios de comunicación que no buscan la felicidad y libertad de los pequeños, sino su adoctrinamiento.

“La pérdida de confianza en la capacidad de educar a nuestros hijos sin recurrir a los manuales. En realidad, todos conocemos a nuestros hijos mejor que nadie, pero la cultura del perfeccionismo nos insiste en que en algún sitio hay una receta perfecta para educarlos, y eso es un mito, una mentira”

“La ONU advierte de que uno de cada cinco niños sufre algún desorden psicológico, y en Gran Bretaña cada 28 minutos un adolescente trata de suicidarse”

A continuación explicamos las 11 IDEAS PRINCIPALES de Bajo Presión:

1. Exceso de perfeccionismo y de vanidad en la educación. Se busca llenar la agenda de los escolares hasta límites abusivos de clases extra-escolares, deberes y actividades con prestigio que solo cansan y “machacan” a los niños y que, en muchos casos, refuerzan el ego de los padres que proyectan en ello posibles frustraciones personales.

2. Exceso de academicismo (hemisferio izquierdo) y poco espacio para trabajar las emociones y la libertad personal de los pequeños (hemisferio derecho).

3. Crítica a los materiales pedagógicos que prometen “genios”: tema que posteriormente se ha confirmado con el reembolso masivo de dinero a los compradores de “Baby Einsten” en EEUU.

“El mito central es que si una cosa es buena para el niño, más y más pronto es mejor. El famoso efecto Mozart (unos investigadores averiguaron en los años 90 que escuchar música de Mozart mejoraba el razonamiento espacial de los universitarios) inundó las guarderías de música de piano, incluso los hospitales del estado de Georgia enviaban a todos los bebés a casa con un CD con piezas de Bach y Mozart. Resulta que ese efecto no dura más de 20 minutos y no hay prueba alguna de que afine el cerebro de los bebés”

4. Reivindación del papel del JUEGO como prioritario para aprender a vivir: un discurso similar al que vimos con el experto Francisco Tonucci en “Se aprende más jugando que estudiando”.

“Los juguetes educativos que prometen muchos beneficios cognitivos al coste de 50 o 90 euros. Se ha demostrado que el juego básico, puro, sencillo, que hace un niño con un lápiz y un papel o una caja de cartón es mucho más fértil, sano y útil para su desarrollo cerebral. Pero hemos comprado la idea de que para que las cosas sean buenas tienen que costar más dinero, ser sofisticadas y llevar una marca. Existe una cierta arrogancia en esta generación, creemos que el mundo ha cambiado y que tenemos que cambiar la infancia”

5. Denuncia feroz al MARKETING INFANTIL que seduce y confunde a los niños a edades realmente precoces y que condiciona su comportamiento.

El consumismo ha entrado sigilosamente en cada rincón de las vidas de los niños, algo que parecía intocable. Sólo el simple hecho de dormir en casa de una amiga se ha convertido en estos momentos en una oportunidad para empresas publicitarias como la Agencia de Inteligencia Infantil, que patrocina fiestas en las que las adolescentes prueban nuevos productos y rellenan cuestionarios. Los trabajadores de McDonald’s visitan los hospitales para entregar a los niños juguetes y globos, así como folletos para promocionar su comida. Juntando estos datos, estimamos que muchos niños ven hoy día unos 40.000 anuncios al año”

6. Elogio al modelo educativo finlandés por sus resultados positivos, por retrasar la escolarización, por no tener deberes, por la formación de sus profesores y por la colaboración entre todos los estamentos sociales.

“El sistema finlandés antepone las necesidades de los niños a los ambiciosos deseos de padres y burócratas; tiene sus puntos débiles, pero demuestra que los niños que empiezan en el colegio formal con 7 años pueden ser muy exitosos, no hace falta que empiecen en párvulos

“Sí, pasan menos horas en el colegio que cualquier otro sistema en el mundo, tienen menos deberes, y otra forma de evaluar el aprendizaje, basada en la autoevaluación y los informes de los profesores, que son muy elaborados. Fuera del colegio no existe la industria de clases particulares, por tanto los chicos tienen mucho más tiempo para relajarse y también para procesar lo que han aprendido en el aula. Los maestros tienen una formación genial y los padres y los burócratas les tienen confianza, no tienen que estar pendientes de lo que dice el Ministerio de Educación en cada momento, tienen libertad para trabajar con sus alumnos. Está muy bien que los alumnos aprendan tecnología suficiente e idiomas para enfrentarse al mundo, pero lo más importante es crear niños y luego adultos con pasión por aprender, descubrir, seres humanos completos.

7. Crítica a la CAUTIVIDAD a la que se somete a la infancia-juventud que va “de casa al cole atada en el coche” y a la que no se le permiten juegos de expresividad como antaño, lo que favorece el exceso de sendentarismo y la obesidad.

Esta estricta supervisión llega al extremo de que algunos padres controlen al milímetro la vida de adolescentes y universitarios: elección de la carrera, instalaciones, trabajos, etc. El autor los llama “padres helicópteros” que planean sobre sus hijos asfixiando su capacidad de decisión, la conexión con su interior y la inmadurez.

“Cuando los adultos controlan al milímetro la infancia de los niños, éstos pierden todo lo que da satisfacción y sentido a la vida: pequeñas aventuras, disfrutar del sentimiento anárquico, viajes secretos, juegos, contratiempos, momentos de soledad e incluso de aburrimiento. Sus vidas se convierten en extrañamente sosas, sin logros personales y en cierta medida aburridas y artificiales”

“Sí, las preocupaciones sobre la seguridad de los niños han llegado al paroxismo. Otra escuela de enseñanza primaria de Attleboro, Massachussets, concluyó que el corre que te pillo suponía un riesgo para la salud y lo prohibió, le imitaron varios colegios. En muchas escuelas de Canadá y Suecia se han prohibido las peleas con bolas de nieve por cuestiones de seguridad. Profesores de todo el mundo informan de que, cuando las clases se van de excursión al campo, algunos padres les siguen en coche para asegurarse de que el pequeño está bien”

8. Burla al exceso de manuales y consejos de educación tipo Super Nanny porque hacen perder la confianza de los padres en sí mismos. Aquí habría que matizar o profundizar, porque en un mundo donde el instinto está muy atrofiado y el conocimiento social de las necesidades de los bebés/niños pequeños es escaso y equivocado, acceder a unos buenos libros/referencias de crianza puede ser útil e importante.

9. Denuncia de la MEDICACIÓN INFANTIL y la pandemia de consumo de Ritaline, la mejor metáfora de este secuestro de la infancia al que se refiere el autor en toda su obra.

“Hemos profesionalizado la paternidad, todo muy bien intencionado, pero no funciona. Para mantener el ritmo de ese exceso de actividad y exigencias sociales, los niños acaban medicados. El famoso Ritalin, un psicotrópico para frenar la hiperactividad, ha llegado a niveles epidémicos (más de seis millones de niños lo consumen en EE.UU.). Y hay un dato relevante: la depresión, la ansiedad infantil, el abuso de drogas y el suicidio son fenómenos más comunes en las clases adineradas que en las clases más humildes”

“A muchos niños se les diagnostica déficit de atención e hiperactividad por motivos equivocados: en la actualidad, antes que cambiar el entorno donde vivimos, preferimos alterar nuestros cerebros para que se adapten al entorno. Consideramos la timidez, la tristeza, la duda, la culpa o la ira como enfermedad en lugar de rasgos inherentes a la condición humana. De hecho, cada vez más padres llevan a sus hijos de uno o dos años al psicoterapeuta para que les curen las rabietas”

10. Defensa de que los padres pasen MÁS TIEMPO con sus hijos, una demanda imprescindible que se extiende entre los profesionales y los padres como vimos en este manifiesto.

11. Defensa del SENTIDO COMÚN, la flexibilidad, el amor, el respeto y la toma de conciencia de que nuestros hijos no son “trozos de barro a los que moldear” a nuestro gusto, sino personas a las que acompañar en la vida. En este sentido, nosotros aconsejamos la lectura del libro gratuito de Cristina Romero “Pintará los soles de su camino”.

En resumen, un buen tirón de orejas a una sociedad que navega con la brújula estropeada y que muestra con su “niños hiperactivos, deprimidos, obesos, violentos e insatisfechos” que ha llegado el momento de cambiar de rumbo.

“Hay que recuperar la confianza, dejar de lado el ruido, el pánico de fuera y buscar nuestro propio equilibrio. Todos los padres tienen la sensación de que están en la locura, pero todos tenemos miedo de dar el primer paso: “Si yo reduzco la presión, mi hijo fracasará”, así que es bueno conversar con otros padres y sumar. Pero mi conclusión es optimista, nos estamos dando cuenta que hemos perdido el norte y de que ha llegado el momento de agarrar el péndulo y devolverlo al centro”

Y estas son las palabras de Carl Honoré en una entrevista titulada “Los límites son necesarios porque dan seguridad al niño”, publicada en La Vanguardia el 21-10-2008:

Su libro no es un manual para padres, sino una denuncia de la sobreestimulación a la que están sometidos los niños hoy.
Sí. Los adultos secuestramos la niñez de forma nunca vista a lo largo de la historia y, desde el instinto de intentar hacer lo mejor para nuestros hijos, hemos caído en el exceso, lo que provoca un efecto negativo, tragicómico. Porque aún queriendo lo mejor, la forma en que educamos a nuestros les provoca problemas de salud mental, física…

Tal vez lo que se intenta es prepararlos de la mejor manera posible para que puedan sobrevivir en una sociedad muy competitiva.
Trasladamos a nuestros hijos la filosofía laboral ¿Cómo lo hago para mejorar algo, en este caso a nuestros hijos? Aplicamos la cultura del perfeccionismo, que tiene que ver con la del consumo, la que nos vende la idea de que todo tiene que ser perfecto, la casa, el cuerpo, las vacaciones, nuestros hijos… La cultura del managemet contagia toda nuestra vida, y todo acaba reducido a objetivos y metas. Tenemos miedo, pero no somos capaces de darnos cuenta de que las incertidumbres y las dudas son ingredientes básicos de la tarea de educar a los hijos.

También sucede que los padres proyectan en sus hijos sus propias frustraciones.
Muchos padres viven a través de sus hijos. Sus éxitos son los nuestros y sus fracasos también. Estamos demasiado involucrados en la vida de nuestros hijos. En cierto modo los chicos han pasado a ser mi mismo yo, un proyecto de vanidad. La línea entre padres e hijos se borra, la familia se democratiza, y eso está muy bien pero, a la vez, desaparece la línea que divide el papel de cada uno. Cuando eso pasa, algo tan importante como la disciplina, las reglas, el saber decir “no”, lo tiramos por la ventana. Los niños necesitan límites para sentirse seguros y también para desenvolverse en la sociedad y para relacionarse con los otros.

Puede ser que los padres se preocupen por sus hijos en lugar de ocuparse de ellos.
Esta es mi tesis. Los niños no están con los padres. Los padres despreciamos lo pequeño, lo simple, lo barato, y los niños lo que más necesitan es nuestra presencia, atención, que estemos. Esta es una línea fácil de cruzar. La mayor expresión del amor hacia nuestros hijos es estar con ellos. Cuando la paternidad acaba siendo un cruce entre el desarrollo de un producto, un proyecto laboral, y el deporte de competición todos salimos perjudicados, padres e hijos, porque nos estamos negando los principales placeres, como compartir, estar, reír…

¿Conocerse?
Sí, conocerse. La paternidad es un viaje hacia el descubrimiento y como todos los viajes comporta incertidumbres, dudas, errores. La gente que acepta eso transforma la paternidad y la maternidad en una aventura muy rica, mucho más interesante eso que fabricar un producto. El resultado entonces son niños más completos y más sanos.

Los docentes se quejan de que no pueden con los niños porque llegan sobreprotegidos de casa.
No sólo eso. Los niños no aceptan las normas pero tampoco las críticas. Estamos en un cambio cultural muy amplio, que es el de la cultura del no envejecer nunca, la glorificación de la juventud, del “peterpanismo”. Es bueno salir de esa idea de que el mero hecho de ser padres nos limita la vida, pero nos olvidamos o tiramos por la ventana la de que padres e hijos tienen papeles diferentes. Los profesores están en una especie de callejón sin salida. Los niños no saben comportarse y los padres no saben lo que quieren, siempre están preocupados. Tenemos muchas señales de que hemos perdido la brújula y el control en la crianza de nuestros hijos. Lo veo en el entorno social de Londres. Los padres siempre están vigilando el colegio con lupa, pendientes de que la maestra se equivoque. Siempre están como helicópteros sobrevolando el colegio, y eso a los chicos les hace daño, les perjudica y les preocupa. Tienen miedo, por ejemplo, de que su padre les mire los deberes. El empeño en darles lo mejor, hacer de ellos los mejores, es lógico, pero les estamos negando algo muy importante, y es que aprendan a zafarse de situaciones complejas y difíciles, en las que no serán los mejores. Con nuestra actitud les impedimos a que aprendan a desenvolverse bien en la vida.

¿A usted le enseñaron a ello?
Yo tuve una educación bastante buena en Canadá, y aunque también me vi inmerso en alguna situación que no me gustaba, mis padres no intervinieron, dejaron que me espabilara. En los últimos años de bachillerato tuve un profesor de Biología al que odiaba, pero tenía que seguir estudiando la asignatura para acabar el bachillerato. De esa experiencia aprendí muchas cosas, entre ellas a llevarme bien con alguien que no me gustaba. Si a nuestros hijos siempre les damos las circunstancias perfectas no les preparamos para el mundo real.

¿Nos preocupamos en exceso la formación académica y deportiva de nuestros hijos y nos olvidamos de la emocional?

Es que lo académico y lo deportivo es más fácil y el saldo es más visible. La empatía, la generosidad, la solidaridad no las puedes poner en un currículum. Educar en esos valores es más difícil y costoso. Uno de los resultados de obsesionarse con la hiperactividad de los hijos es que refuerza el egoísmo y se ve al otro como un rival, como alguien que le puede quitar el puesto en la universidad, en el equipo de fútbol… Estamos creando consumidores egoístas y eso debemos cambiarlo. El mercado pide personas creativas, que sepan trabajar en equipo y nosotros estamos educando chicos que no saben hacer eso. El futuro está en la creatividad y ni nuestro sistema escolar ni nuestra sociedad los forma para ello, al contrario. Son chicos que siempre tienen la respuesta correcta, no saben crear, sólo aprenden la receta que les enseñamos. Hay que tirar la receta y darles espacio para ser creativos.

Los padres no ponemos límites pero buscamos “súper nanis” para que los pongan por nosotros o nos enseñen a ponerlos. ¿Tenemos miedo a enfrentarnos con nuestros hijos?
Hemos llegado al punto de contratar a consultores en paternidad. Volvemos al miedo, que está en la raíz de este momento cultural. Hemos perdido la confianza en ser padres. Cuando los niños nacen ya nos hemos leído 50 libros sobre la paternidad, hemos ido a clases, nos hemos empapado de artículos sobre ello. Este bombardeo de consejos, a veces contradictorios, hace que nuestra confianza sea mucho más vulnerable. Se supone que el objetivo de toda esta industria es dar más confianza, pero paradójicamente hemos perdido la capacidad de buscar la voz interior que todos llevamos dentro. Conocemos mejor a nuestros hijos que nadie, sin embargo los educamos como si nos hiciera falta leer un manual de instrucciones o mirando lo que hace el vecino. Nos dejamos llevar por la corriente de pánico y perdemos esa voz interior. El libro lo escribí para recuperar la confianza en mi mismo como padre.

¿La ha recuperado?
Sí.

¿Ha mejorado la relación con sus dos hijos?
Sí. Me siento más relajado con ellos, no estoy tan apurado. No estoy siempre atento, les dejo más a su aire y la verdad es que tienen pasión por lo que hacen. Mi hija, por ejemplo, baila flamenco. Le encanta y disfruta.

¿También hacen actividades extra escolares?
Sí, pero las que les gustan. Con frecuencia los chicos hacen las actividades extra escolares que sus padres quieren o, en el caso de los adolescentes, para armar un currículum impecable.

¿Los niños son más felices ahora que antes?
Es muy difícil responder a eso. Hay muchos indicios de que no, y eso se ve en el aumento de los problemas psicológicos y la enorme cantidad de chicos que reciben medicamentos para controlar su estado de ánimo. Eso es muy mala señal. Hay una gran felicidad falsa, tanto entre adultos como entre niños, que es un producto del consumismo. Compramos un ipod nuevo o la última minifalda de Prada para ser felices, pero ¿eso genera felicidad? No. Es una felicidad artificial, poco profunda, no duradera. Espero que la crisis financiera nos ayude a resituar este materialismo sin límites al que hemos llegado y nos haga reflexionar. Despreciamos lo sencillo, lo cómodo, lo simple, ese palito con el que nuestro hijo puede jugar durante horas. Nos sentimos mal si nuestro hijo no tiene un juguete electrónico de 85 euros, no sólo porque lo el tiene el hijo del vecino, sino porque en la caja nos dice que es muy útil para su mayor desarrollo cognitivo. El mercado manipula nuestros miedos, nuestras angustias para vender más y más. ¿Qué pasará ahora cuando la gente deje de tener tanto dinero? Con un poco de suerte recuperaremos el palito y nos daremos cuenta de que eso sí tiene un efecto sobre el desarrollo cognitivo del niño.

Entre esa actitud excesiva y el pasar de los niños, no hacer nada, ¿dónde esta el punto intermedio?
Esta pregunta es incontestable. El punto de equilibrio es distinto en cada caso. No hay una actitud perfecta. Ahora estamos en el exceso y de lo que se trata es de trasladar el péndulo hacia el equilibrio. Yo no puedo decir a la gente lo que tiene que hacer, pero sí apuntar los indicios que indican cuando no se está en la buena dirección. Cuando los niños no hablan de las actividades extraescolares, cuando tienen ojeras, problemas de salud, duermen mal o se duermen en el coche entre actividad y actividad, es que algo no va. Hay que poner límites a la presión social y tratar de ubicar la brújula personal de cada uno para que tu hijo haga lo que más le convenga a él y no al vecino o a tu compañera de oficina. Hay que aplicar el sentido común.

Ese sentido común no siempre se encuentra.
Ser padre es difícil, duro y agobiante. No es un sueño de vacaciones. El problema es que en lugar de pensar y aceptar que todo saldrá bien, invertimos en el lugar equivocado.

Foto de la izquierda: Santiago Valenzuela en El País
Vía entrevista: La Vanguardia

Más información: El Magazine de La Vanguardia
Más información: El País
Venta online del libro

Read Full Post »

Hemos encontrado este articulo interesante sobre las rabietas en el blog de Cuatro en la cama, que por cierto es muy interesante.

viernes 4 de abril de 2008

Voy a guardar hoy una traducción de mi amiga Marta para un artículo de Abigail Warren encontrada en la página del continnum (www.continuum-concept.org). Y la guardo porque después de haberla leido y masticado, viene a revolucionar un poco mi propia forma de maternar. Esto de ser madre es definitivamente un eterno despertar, una lucha diaria. Hoy toca contra el “child-centered“…sigamos aprendiendo.
Gracias a Marta-Ledi por el esfuerzo de ponerse a traducir aún con Tres rondándola y gracias a Pati Metola por la ilustración.
Restableciendo la Armonía
Una historia de una madre
“When you’re doing it right, your needs are the same as the child’sand you don’t have to choose between them.” Jean Liedloff
“Cuándo lo estas haciendo bien, tus necesidades son las mismas que las del niño y no tienes que elegir entre ellas.” Jean Liedloff
Mi “crisis maternal” empezó pronto después del nacimiento de mi hijo, Jacob. En aquel momento me dí cuenta que una intensa ira emergía de mi hija Becky, que acababa de cumplir tres años. Empezó a tener frecuentes rabietas, a comportarse mal deliberadamente, y lo más descorazonador, a golpear a su hermano Jacob. Becky había sido una pequeña bastante sociable y llevadera. Sí claro, habíamos tenido momentos que no eran precisamente perfectos y unas cuantas “batallas de intereses”, pero habían sido infrecuentes y breves. Siempre me había sentido en armonía con Becky. Ahora, había algo que iba mal, y su ira se intensificó y se hizo más profunda entre su tercer y cuarto cumpleaños.
¿Como mi preciosa pequeña, que había sido amamantada amorosamente a demanda (y seguía siendo amamantada), que había dormido en la cama familiar desde su nacimiento, a la que nunca se le regañó, se le gritó, ni se le castigó, me podía hacer esto a mí?. Yo siempre me había considerado una madre “culta”, me había leído toda la literatura “correcta” acerca de “guiar con amor”. Y ¿no había yo hecho todas las cosas que se suponen que una madre amorosa debe hacer- llevarla al parque casi todos los días, pasar interminables horas jugando con ella, y lo más importante, dedicar mi vida a ser madre, postponer todas mis necesidades y sacrificar hasta mi alma por mi niña?

Mientras pasaba ese año, y yo observaba a mi adorada hija ponerse cada vez más agresiva, me convencí a mí misma que aunque había satisfecho muchas de sus necesidades amamantandola y durmiendo con ella, su comportamiento adverso era el resultado de no haber tenido la completa experiencia en su fase en brazos, que acababa de leer en “El concepto del Continuum”, que no había leído hasta que Becky tuvo tres años. El mensaje de Jean Liedloff era tan poderoso, y mientras llevaba a mi recién nacido en brazos, me dolía la pérdida de esa experiencia en Becky. Trataba de consolarme centrándome en las cosas que había hecho bien. La había transportado en bandolera o en mochila gran parte del tiempo, desde luego había sido amamantada y acogida en la cama familiar desde su nacimiento… pero no había estado en brazos las venticuatro horas del día. Su nacimiento había sido muy traumático, y se pasó tres días en el hospital, aislada y con mínimo contacto humano. Yo respondía inmediatamente siempre que ella lloraba, pero ella había llorado mucho en muchas ocasiones en su silla del coche.

Si hubiera sabido antes, pensaba yo desconsoladamente. La hubiese llevado en mi cuerpo esos seis primeros meses de su vida, más o menos. Y si lo hubiera sabido antes, pensaba, ahora no estaría teniendo esos problemas.
La transformación empieza
Después de volverme agónica sobre esto durante de un año, y habiéndose endurecido las explosiones de rabia de Becky, telefoneé a Jean Liedloff para una consulta por teléfono, justo antes del cuarto cumpleaños de Becky. Los ataques de Becky a Jacob se producían totalmente fuera de control, y yo me sentía totalmente fuera de control. Me sentía deprimida; nunca había imaginado que la maternidad se podía convertir en algo tan doloroso. Necesitaba comprobar a través de Jean que la rabia de Becky era el resultado de no haber estado en brazos 24 horas al día. O ¿había algo más- algo a lo que yo permanecía ciega? Después de todo, ¿porqué no estaban todos los otros niños que yo conocía, que no habían tenido esta fase en brazos, tan rabiosos?.
Con comprensión y calidez, Jean inmediatamente me capacitó para enterrar mi culpa sobre el nacimiento de Becky, su terrible experiencia hospitalaria, y su falta de una completa experiencia en brazos. Tuve que reconocerle todo lo bien que lo había hecho, y darme cuenta que era mucho más dañino llevar a cuestas mi culpa y remordimiento. Basándose en lo que yo le conté, ella inmediatamente sospechó de dónde venía la ira de Becky. No era la consecuencia de no haber sido llevada en brazos 24 horas al día, era el resultado de que yo había estado demasiado centrada en ella, me explicó.
Jean procedió a describir todos los errores comunes cometidos por padres que genuinamente tratan de hacerlo todo bien (llevando en brazos a sus hijos, amamantando y durmiendo con ellos). Aterrorizados por hacer algo mal y tratando duramente de salvar a nuestros chicos de toda la agonía que nosotros sufrimos de pequeños, nos sobrepasamos, precisamente en la dirección contraria (a lo que Jean se refiere como centrados-en el niño). Tratamos demasiado duramente de complacerles, y demasiado duramente de no enfrentarnos a ellos. Estamos demasiado atentos y demasiado sacrificados (¿Cómo Jean me conocía tan bien?). Parecemos culpables y ansiosos en nuestro trato con nuestros hijos, les pedimos permiso, y continuamente razonamos, explicamos y pedimos perdón. Todo esto pone al niño al control, y desde que lo que el niño por naturaleza quiere y necesita no es estar al control, sino una madre que lo esté, hace al niño inseguro y a veces enfadado.

“La niña necesita una madre que confíe y sea tranquila”, explicó Jean. “Una madre que sepa lo que hay que hacer, y que no le pida permiso a su hija. Puede parecer lo contrario, que la niña esté luchando por más control, pero irónicamente ella está luchando para no llevar el control y te está presionando para que te mantengas firme. Cuándo un niño siente que puede llevar el control, su impulso es presionar para ello. Ella no resiste esto, ya que es la naturaleza humana y es para lo que está programada.”

“La vida de un niño depende de sus padres. Ella espera de ellos protección, fuerza, y certeza. Ella quiere que ellos sepan qué es qué, lo que está bien, lo que está mal, qué hacer y a dónde ir. “Tu eres la adulta, mami, así que no me preguntes qué quiero hacer. Quiero que tu sepas, así puedo observarte, y seguirte, y ayudarte. Estoy tratando de empujarte hasta que te mantengas de pié y calmada, hasta que te mantengas firme. Así podré sentirme a salvo y segura, me podré relajar y contar contigo. No quiero ser capaz de presionarte, eso me pone nerviosa, pero si tu pareces tambaleante voy a seguir empujándote hasta estar segura que no te caerás. Empujaré y empujaré hasta que haga que tu sepas lo que haces, y entonces me encontraré bien. Entonces pararé de observarte y de probar tu fiabilidad”.

“No le ruegues y supliques por todo” Jean siguió. “Si le suplicas, tiene el poder, y eso la pone nerviosa porque significa que tu no estás segura de ti misma, y que le ruegas aceptación. Cualquier mujer adulta que le suplica a una niña de cuatro no es de fiar. No le preguntes a ella qué quiere hacer, díselo, pero asegúrate que no se lo dices de forma enfadada. Sé práctica y dulcemente dile lo que tú quieres que ella haga. Trátala como tu aliada, como si ella quisiese hacer lo que le dices, y como si ella estuviese escuchando. Y no le des interminables explicaciones y razonamientos; eso tiende de nuevo a sonar como súplicas.

“Incluso cuándo abraces a tu niña, mira si de alguna forma le pides perdón, o le suplicas de alguna forma”.
Jean tenía razón, había tratado tan duramente de complacer a Becky y siempre tratando de darle sus propias elecciones. Le habían preguntado a dónde quería ir, y lo que quería hacer. Ella no había sido una pequeña muy demandante, pero sí se había convertido en una niña muy demandante, pareciendo que quisiese constante atención. A la mayor parte de sus reclamos, yo (y mi marido) acudiríamos obedientemente a sentarnos y jugar juegos infantiles. Si tuviese que declinar la petición de Becky para jugar, le suplicaría ansiosamente perdón, “Oh, Becky, lo siento, de verdad que tengo que terminar de hacer la cena. Te prometo que jugaré contigo más tarde, vale?” Me sentiría culpable cuándo realizase tareas de adulto porque pensaría que debería pasar más tiempo con Becky, haciendo lo que ella quisiera. Nunca se me ocurriría que hacer lo que yo quisiese, no significase pasar menos tiempo con Becky.

Yo estaba tan influenciada por las historias de esas madres devotas que felizmente dejan sus casas todas revueltas, las facturas sin pagar, y la ropa sucia apilada, sintiendo que lo importante es estar con sus hijos, inmersas en sus actividades porque “después de todo, solo son pequeños una vez”. Cuánto más leía, más me veía inmersa en esto.

“La niña no debería sentir que se espera de ella que te dirija, y tu no deberías estar centrada en ella” dijo Jean. “Haz cosas de adultos, lo que incluye mantener tu casa limpia si es eso lo que deseas. La niña hace lo que quiere hacer, y de vez en cuándo lo que ella querrá hacer es lo que tu haces, y debería sentirse simepre bien recibida a estar contigo. Así que no intentes enredarla con sus juegos infantiles, sino deja que te ayude, tenla como tu satélite, no tú como su satélite.
Jean continuo, “ Deja que te cuente lo que está haciendo la niña. Durante la fase en brazos, un bebé está pasivamente observando toda la vida a su alrededor dónde él se va a ver inmerso. Así que necesita estar en brazos, en el medio de todo, pero la madre no debe estar centrando su atención en el bebé. Después, el bebé saltará de su regazo, y a ratos caminará y correrá, probando, sintiendo y experimentando y mirando como funciona todo. El niño está ahora siguiendo a su madre de forma activa, observando como vive y ocupa su vida. Si su madre pasa su tiempo mirando como su pequeño vive la suya, le frustra, y le lanza en la confusión porque él está programado para seguirla a ella. Toda su orientación de millones de años, se paraliza.
Qué liberador fué, le dije a Jean, escuchar que no debía ser tan sacrificada, siempre poniendo las necesidades de Becky por delante, y las mías después.“Cuándo lo estas haciendo bien” Jean respondió rápidamente, “tus necesidades son las mismas que las del niño y tu no tienes que elegir entre ellas. Esto es bueno para mí, o, esto es bueno para el niño, es el vocabulario de nuestro tiempo y está basado en la falsa premisa de “ Bueno, tengo que pensar en mí misma algunas veces también”. Lo que sientes como bueno para ti, es bueno para el niño también, y lo que es lo mejor para el niño es placentero para la madre porque es lo que a ti, por naturaleza, te apetece hacer. Todo lo que yo te sugiero es lo mejor para el niño, absolutamente lo mejor, y resulta ser lo más confortable para el padre. Esto no es por casualidad, porque la evolución está prevista de este modo.”

Después de varias sesiones con Jean, me quedó claro que el primer paso para conseguir una familia más saludable pasaba por arrancarme la culpa basada en falso. Esto me permitió estar menos centrada en los niños, y empezar a vivir mi vida como adulta, haciendo lo que tenía que hacer con los niños a mi alrededor, o participando ellos conmigo.

El segundo paso fué introducir el profundo entendimiento de que los niños son por naturaleza sociables y quieren cooperar, imitar, seguirte y ser parte de tu equipo.
“Uno puede observar esto en cualquier lugar que no haya estado bajo la influencia de la civilización Occidental” explicó Jean. “En las sociedades primitivas, discusiones, tensión, conflictos, competencia, los “terribles 2”, la rebelión adolescente y la rivalidad entre hermanos no existe. Los niños no están molestando, interrumpiendo o desviando la atención de un adulto. Ellos están ayudando a los adultos, y obedeciendo instantánea y voluntariosamente. Ya que la conducta del adulto no es permisiva, no existe el castigo.
Pero si la premisa básica es que el niño no es sociable por naturaleza, tenemos que amenazarles, y sobornarles para que cooperen. Si esto fuera cierto, no hubiesemos sobrevivido como especie durante estos cientos de miles de años. En la sociedad tribal los niños tienen que estar ayudando. Se espera del niño que haga lo correcto (y lo siente así por todo el mundo) y se observa que esto sea así. Así, cuándo el padre Occidental actúa correctamente y espera de su hija que sea sociable y que coopere, la niña percibe que se espera de ella que haga lo correcto, y desde el punto de vista de que está construida en su naturaleza para cumplir las expectativas de sus padres, ella actuará en consecuencia.
Te prometo que todos los niños tienen un radar para saber el tratamiento que necesitan, y cuándo es el correcto, se instalan allí rápidamente. Funciona como la magia porque verdaderamente les contacta con su naturaleza. Es lo que la evolución ha programado que ellos deseen. Así que realmente convéncete que somos unos animales verdaderamente sociables, si nos dejan.

Esta promesa fué la que me dio la esperanza y la determinación para hacer las cosas correctamente. Después de cada sesión yo practicaba con entusiasmo, poniendo a prueba todas las fascinantes teorías que estaba aprendiendo de Jean. Con el apoyo incondicional de mi marido, que también puso en práctica nuestra recién descubierta sabiduría, trabajé en hablar con estilo práctico, sin suplicar, dando por hecho que Becky (y Jacob) harían lo correcto. Empecé a decir, mejor que a pedir. Yo diría “Llévale esto a papá”, o “Tráeme un pañal para Jacob”, mejor que “Me traerías, por favor, …?” ya que Jean explicó: Una de las cosas más poderosas son tus esperanzas, lo que el niño percibe que tu esperas. Puede que no sea lo que esperas del niño, sino solo lo que aparentas que esperas. Cuándo dices “Me traerías, por favor, ese juguete para aquí?” hay normalmente un tono de desconfianza, de que ella no te lo traerá, y eso no debe ser la primera vez que preguntas. Así, después tendrás que preguntar cuatro o cinco veces más (lo que llamamos gruñón) con la actitud “espero que me creas pero no creo que lo hagas”. Esto es por lo que ella siente que tiene que presionarte hasta que te mantengas firme, y esa es la forma en la que se espera de ella que actúe contigo.
Becky comenzó a escuchar más. Pero si no lo hacía, yo no me repetiría, ya que Jean recalcó la importancia de decir las cosas una sola vez. Solo iría yo, y lo haría sin enfadarme.
Lo que ocurre si ella no te obedece, o se comporta mal”, Jean explicó, “es que la dejes fuera, y ningún niño soporta que lo dejen fuera. O está contigo haciendo lo correcto, o se la deja fuera, pero no está hecha para que la hagan sentirse mal, o para que la castiguen o la riñan, o le supliquen o le pidan, o cualquier otra cosa interesante. No entres en conflicto con ella sobre nada. Muéstrale que tu sabes lo que haces y que esperas de ella que obedezca y que quiera ayudar. El tema para tí es mantenerte lo más firme que puedas para que ella finalmente se sienta segura y abandone el probarte.”

Cuándo sinceramente creas que un niño es profundamente sociable, siguió Jean, le dices lo que hay que hacer correctamente, asumiendo que ella quiere saberlo, y tu le das la información como tu aliada, tu compañera de equipo en la que confiar, no como adversaria. Tu eres la que informa a tu hija, su aliada, funciona: el castigo o la permisividad, no”.

Empecé a tener pequeños éxitos. Pasaron unos cuántos días y me dí cuenta que Becky no había golpeado a Jacob. Pero después, otro día le atacó de nuevo con una explosión de ira, como si se hubiese estado recargando antes de soltar la bomba. ¿Cómo podía yo ser su aliada y no mostrar reacción cuándo ella golpeaba a Jacob? Jean me animó a la perseverancia, y a ser paciente conmigo misma. Insistió que que es mucho más fácil hacerlo bien que mal. Sólo tenía que ir cambiando los viejos hábitos, y cambiar viejos hábitos lleva trabajo y repetición, primero consciente hasta que la acción se convierte en automática.
“A veces tu quieres que tu conducta sea tu segunda naturaleza” dijo Jean. “En realidad, es la primera. Lo estarías haciendo bien tú misma, sin mi ayuda, si no hubiese interferido la civilización occidental.
Sanando una destructiva relación de amamantar
A pesar de nuestros pequeños éxitos, había aún una intensa rabia en Becky. Yo estaba convencida de que estaba siendo mucho menos “centrada en los niños”. Había parado mi carga de culpa, había parado de suplicar, de pedir perdón, de razonar, explicar y pedir permiso. Así, que ¿qué era?. ¿Porqué, porqué estaba aquella rabia aún allí? ¿Porqué continuaba lastimando a Jacob? ¿Y porqué esta intense rabia emergió cuándo tenía tres años y antes no estaba allí?.

Al fín, tres meses después de mi primera sesión con Jean, todas la piezas de mi puzzle, encajaron. Una mañana, Becky se despertó y pidió teta, como hacía normalmente todas las mañanas- el único momento del día en que lo hacía. Un fuerte ataque de ira siguió, golpeándome, gritando e insultándome. Me empleé a fondo para permanecer tranquila, difícil como era, y me marché de casa para dar un paseo. Afortunadamente mi marido trabaja en casa y tuve la opción de hacerlo. Necesitaba enfrentarme a la ira que salpicaba mi casa.

Para mi sorpresa, no me sentí enfadada mientras empecé a caminar. En vez de eso, tuve un momento de “iluminación”. Al fín entendí porqué Becky estaba tan enfadada; Becky aún tomaba pecho y yo no deseaba que lo hiciera más. Yo me resentía amamantándola y rechazaba sus peticiones para hacerlo, ¡¡y ella lo sabía!! ¿Cómo podía haber estado tan ciega?. Becky se había destetado a los dos años y medio, cuándo yo estaba embarazada de cinco meses de Jacob y se me había ido la leche. Habíamos mantenido una hermosísima relación de amamantamiento y yo acepté el destete con alegría. Era el momento de empezar una nueva fase en nuestra vida juntas. Después, cuándo nació Jacob, me dolió la pérdida de Becky como bebé. Me sentí culpable por haber interrumpido esa relación de una a una, teniendo otro bebé.
Cuándo Jacob tenía dos meses, Becky mostró interés en volver a tomar el pecho. ¡Yo estaba eufórica! Agradecida por tener de nuevo a mi primer bebé, y entusiasmada la dejé que tomase pecho siempre que quisiera, incluso aunque Jacob estuviese amamantándose. Antes de darme cuenta, ella estaba, de nuevo, dependiendo de la teta para dormir, y despertándose de noche para tomar pecho. Se volvió muy exigente en el pecho, deseándolo siempre que Jacob lo hacía.

Después de varios meses así, empecé a ponerme muy nerviosa cada vez que tenía que amamantarlos juntos y desesperadamente deseaba que Becky se retirase de mi pecho. A pesar de mis sentimientos intensos, continué permitiendo que Becky se amamantase con Jacob porque no quería que ella se sintiese despreciada o abandonada. No quería que se resintiese contra Jacob por tener más atención por mi parte.

Después de varios meses así, y sintiéndome cada vez más enfadada, más resentida, finalmente le dije a Becky que podía tomar el pecho solo después de Jacob. Ella todavía mamaba mucho, de todas formas, y empezó a ser muy doloroso para mí. Cada vez que hacía un intento de recortar esto leía algo que me hacía sentir que esto era una necesidad real para ella, y la dejaba volver a mamar libremente. Volviendo a sentirme culpable, me haría más flexible y por supuesto, mi ira volvería a comenzar.
Estuvimos así, para adelante y para atrás durante meses. Estaba tan floja. Me sentía contraria a mi propia hija. Ella llevaba el control claramente y yo me sentía perdida, sin ayuda. ¿Cómo se iba a sentir ella segura y confiada conmigo? No era coincidencia que sus ataques de ira comenzasen en ese momento. Qué tonta había sido no ver que la ira de Becky estaba asociada con nuestra relación con el amamantamiento. Trataba de ser tan buena y amorosa madre, una madre que cumple todas las necesidades de su hija a cualquier precio incluso para sí misma.
Mi cabeza hervía con todas las enseñanzas de Jean “un niño quiere una madre que sea tranquila, confiada, que se mantenga firme”. Por creer que el destete era abandono, dar de mamar a Becky le hacía enfurecerse terriblemente porque yo no me había mantenido firme. Había estado aterrorizada por destetarla y ponerla más furiosa, entonces sí que realmente dañaría a su hermano, creía yo. Irónicamente ella estaba enfadada porque yo hacía algo que ella sabía que no quería. Mamar no era ya una necesidad para ella. Era una lucha por el control, y ella necesitaba que yo mantuviese el control.

Comprendí que tenía que mantenerme firme y terminar nuestra destructiva relación de amamantar. Como había dicho Jean “ El principal objetivo de todo lo que hacemos es prevenir que la niña se encuentre mal consigo misma. Ese es el peor crimen que cometemos.” Yo ahora ví que mi furia y resentimiento acerca del hecho de dar de mamar a Becky no deseándolo, estaba haciendola sentir mal sobre sí misma.

Volví a casa, tranquila y centrada, encontrándome mejor que en muchos meses. Sin suplicar, razonar o pedir perdón, le dije a Becky en un tono amable pero firme y confiado, “ he decidido que no necesitas tomar más pecho. Ahora eres una niña mayor y puedes hacer lo que hacen las niñas mayores. Quiero llevarte en mi regazo y abrazarte, pero no vas a mamar más”. Becky miró hacia mí con sus grandes ojos azules y un gran alivio salió de su cara, como si una pesada carga se hubiese liberado. Dijo, “Oh” y ¡¡¡ eso fue todo!!! Nunca volvió a mamar, y nunca volvió a pedírmelo. No lo necesitaba. Ella finalmente tenía una madre que llevaba el control, que lo llevaba con confianza, una madre que se mantenía firme. Qué alivio para ella!
No hace falta decir que mucha de la ira de Becky remitió y que paró de golpear a Jacob. Se convirtió en una niña más tranquila, y feliz. Su verdadera naturaleza alegre emergía de nuevo. Después un día me dí cuenta de que jugaba con Jacob. Empezaron a jugar a menudo, Becky se deleitaba en compañía de Jacob y Jacob sencillamente la adoraba. Tonterías y risas habían reemplazado a golpes y lágrimas.

Avances, no perfección.

Esto no significa que ya no haya más obstáculos. Había llegado al centro de la ira de Becky y tenía un entendimiento claro de la lucha de los niños por el control, pero las dificultades esporádicamente venían. Siempre que retomaba los viejos hábitos de suplicar, razonar y parecer dubitativa, mis hijos lo notaban y actuaban en consecuencia. Pero como practicaba y ganaba experiencia, y comprobaba afirmativamente los resultados a las teorías de Jean, me convertí en experta en sortear los nuevos obstáculos. Y habiendo recuperado mi propio sentido perdido del valor y la capacidad de amar, me encuentro más capaz de mantener a mis hijos con mi confianza intacta,

cuándo me siento bien, mis hijos por naturaleza se sienten bien.

Read Full Post »

Older Posts »