Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘apego’ Category


Mireia Long
21 de mayo de 2009 | 22:46

no separación madre bebe

Como os he ido contando en la jornada de ENCA se presentaron ponencias muy interesantes sobre la atención al parto y sobre las necesarias condiciones de un nacimiento feliz emocionalmente. Hoy os traigo el resúmen de una ponencia, desarrollada por una socia de EPEN, Idoia Armendariz, que trató sobre la importancia de la no separación madre-bebé, incluída en la campaña Que No Os Separen, de la que ya hemos hablado en alguna ocasión.

Se presentó la campaña “Que no os Separen” que está llevando a cabo la asociación El Parto es Nuestro. Los objetivos de la campaña son tres: Mejorar la atención que reciben los recién nacidos tanto durante el parto como después de nacer, informar sobre los derechos de los niños y las niñas en el ámbito hospitalario y difundir los beneficios del Método Madre Canguro.

En contra de la creencia imperante, los bebés están mas calientes sobre la madre que en una incubadora o en una cuna. Es tan sencillo como dejarlos sobre la piel de la madre y cubrirlos con una toalla seca, como explicamos en un post sobre el efecto mágico del Metodo Madre Canguro. La madre regula la temperatura del bebé subiendo o bajando la temperatura del propio torax. En contacto piel con piel con la madre regula su ritmo cardiaco y respiratorio del bebé, mejora su sistema inmunológico, reduce sus niveles de estrés. El propio contacto y el comienzo la lactancia reduce el sangrado postparto de la madre.

Los recién nacidos humanos nacen muy despiertos para poder reconocer a su madre y alimentarse de ella, memorizan su olor y buscan contacto visual. En esos momentos tras el parto el estado hormonal de ambos facilita el enamoramiento madre-criatura y son por lo tanto cruciales para el establecimiento del vínculo.

Si un bebé sano necesita a su madre, un bebé prematuro o enfermo necesita a su madre aún mas. Es esencial que las UCIs neonatales abran las puertas a los padres y que estos sean informados de lo beneficioso que es para su hijo el contacto piel a piel. Los bebés se desarrollan mejor y disminuye las secuelas a largo plazo para los prematuros que practican Método Madre Canguro. Los padres y madres deben formar parte del equipo que cuida a estos bebés.

También se hizo mención a los derechos de los niños hospitalizados. Estos tienen derecho a estar acompañados por sus padres el mayor tiempo posible. Muchas de las pruebas médicas se pueden realizar con la presencia de los padres, para que el niño o niña reciba el apoyo emocional que necesita para poder superar la situación. Cuando los niños o niñas son de corta edad es esencial que se les hospitalice conjuntamente con su madre o padre, especialmente si el bebé es lactante.

Por todos estos motivos es muy importante que las familias y los centros hospitalarios sean conscientes de lo indispensable que es para la salud física y psíquica de madres y bebés el que permanezcan juntos siempre que sea posible. Para lograr la no separación madre-bebé es necesario ir cambiando los protocolos y las instalaciones sanitarias para cumplir la función prioritaria de ofrecer la mejor atención posible.

Read Full Post »

Dejar llorar al bebé

a través de Babog rescatamos este artículo de hace un par de años, pero mno por ello desactualizado.

Algunos piensan que los bebés vienen al mundo cargados de ganas de hacernos infelices y crearnos problemas. Uno de los mitos más conocidos es la creencia de que los bebés lloran porque tienen que llorar o para jorobar a los que les rodean. La lógica y la ciencia nos dicen que los bebés expresan por medio de signos lo que no pueden expresar con palabras. Pensar que un niño llora por que sí es tan peligroso como pensar que tú lo haces de la misma forma. Imagina que lloras (porque estás triste, te has hecho daño o necesitas algo que no puedes expresar con palabras) y no solamente no acuden a ver qué te pasa si no que además cierran las puertas para no oírte. Y ahora imagina que eso te lo hacen nada más llegar a este mundo, en tus primeros meses de vida. ¿Cómo vivirías en este mundo a partir de ahora? Tendrías miedo a expresar lo que sientes, tendrías miedo a no ser adecuado en tu medio…tendrías miedo.

La ciencia nos demuestra que las crías humanas, al igual que otras crías, tienen un mecanismo de supervivencia que se activa cuando ellos presienten que algo va mal. Cuando una cría llama a su madre, en el caso humano llorando, y su petición es ignorada, la cría teme lo peor: que su madre ha muerto, que está solo/a, que no va a sobrevivir porque, para una cría, su madre es alimento, protección y refugio. Lo es todo.

Se dice que a los bebés que se les deja llorar llega un momento que se agotan y se duermen. La explicación científica es distinta. Los bebés que lloran y no son atendidos terminan desconectando del medio, es decir, se apagan, se quedan en letargo guardando todas sus energías. Han llorado tan fuerte para avisar a su madre y no han recibido respuesta que desconectan todos sus sistemas para reservar las energías que les quedan viendo la proximidad de su muerte (por inanición, devorados, etc). Está demostrado científicamente que los bebés en ese estado de letargo desconectan de tal manera todos los procesos corporales para guardar energía que frenan incluso el crecimiento durante esos períodos.

En el terreno psíquico los daños son aún mayores. La autoestima de tu hijo/a queda dañada desde sus primeros meses de vida. El mensaje que recibe es: no vales la pena, todo lo demás es más importante que tú. Si no reparas ese sentimiento tu hijo/a seguirá creciendo y no sólo tendrá problemas para encontrar su lugar en el mundo y sentirse a gusto consigo mismo, sino que tendrá que buscar otros medios para llamar la atención de los demás (agresividad, pasividad, etc.)

Haz la prueba. Calla a tu hijo/a. Atiende sus necesidades. Algunas veces no sabrás por qué llora pero que estés ahí, que lo mimes, que le ayudes, que busquéis juntos la solución le graba a fuego “te queremos, estás protegido/a, nada te va a pasar”.

Notarás además que cuando tu bebé llora, tú misma empiezas a encontrarte mal. Tus instintos te llevan a proteger a tu cría.

El fin último de la maternidad o la paternidad es que tus hijos/as sean independientes, no sólo físicamente sino también psicológicamente.

Trátalos con respeto. Por el bien de todos. Sigue tus instintos.

Read Full Post »

Os copio el excelente artículo de Monitos y Risas

Desde que soy mamá me he conectado con mi parte más “animal”, en el “buen” sentido de la palabra. Me parece importante no perder de vista lo que somos, mamíferos, y tenerlo en cuenta a la hora de tomar decisiones respecto a nuestra forma de vida y, cómo no, de Crianza.
Entonces, ¿es realmente bueno para nuestros bebés ser portados, desde este punto de vista? En estos tiempos que corren, el instinto lo solemos tener enterrado entre un montón de información, costumbres, prejuicios, opiniones… Y muchos de nosotros necesitamos tener algo “tangible” a lo que agarrarnos, algo “científico” que argumentar si nos preguntan…o nos preguntamos (que no siempre vienen las dudas de fuera). Yo soy de las que necesitan que la cabeza respalde al corazón. Y por eso, en su momento busqué la respuesta a esa pregunta, ¿es realmente bueno para nuestros bebés ser portados? Este artículo es una recopilación y elaboración de lo que encontré.


Los mamíferos, hasta los años 70, se clasificaban en nidícolas (especies “de madrigura” o “de escondite”) y nidífugos (especies “de manada” ). Esta clasificación zoológica, si bien se aplica a todos los animales, se usó originalmente para clasificar aves según la clase de nidificación. Las nidíf ugas, o precociales, son las que, de polluelos, tras romper el cascarón, abandonan enseguida el nido: se les seca el plumón rápidamente, se desplazan por sí mismos y picotean alimento por sus propios medios. La madre se limita a ser guía, protección y modelo de conducta. Un ejemplo que tenemos bastante presente son las gallinas. Las nidícolas, o altriciales, se mantienen dentro del nido bastante tiempo después de haber roto el huevo. Nacen ciegos, desnudos e inmóviles. Lo único capaces de hacer es piar mientras abren el pico, en el que los progenitores, madre y/o padre, depositan la comida, pre-digerida por ellos mismos. Además, sus padres también tienen que proporcionarles calor. Poco a poco, estos polluelos van creciendo y evolucionando hasta que llega un día en que, enseñados y provocados por los adultos, finalmente abandonan el nido. Esta necesidad tan intensa de cuidados implica una redu cción en el número de crías, así como un mayor contacto entre generaciones que lleva implícito una mayor organización social. También tiene como consecuencia y/o causa un mayor desarrollo del sistema nervioso central y periférico. Ejemplo de este tipo de aves son los buitres, que suelen tener un único polluelo al que crían y cuidan constantemente durante dos meses, y que hasta los 3 meses y medio no abandonará el nido.
Como decíamos, esta clasificación es similar para los mamíferos, aunque la mayoría no tenga nido propiamente dicho. La gran diferencia entre los mamíferos y las aves es la gestación intrauterina (en la mayoría de los casos) y la alimentación inicial de los nacidos mediante la leche materna. Entre los mamíferos, aquellos con un sistema nervioso de desarrollo relativamente simple y rápido nacen indefensos, son los nidícolas (o especies “de madriguera”). Los recién nacidos son totalmente dependientes de un cuidado materno constante y en todos los ámbitos. Muy dependientes, pero por poco tiempo. Sus gestaciones, la lactancia, la maduración hasta la capacidad reproductiva y, con ello, la repetición del ciclo, son aceleradas. Además, cada camada suele ser numerosa. Los bebés permanecen en el nido, su entorno seguro, ya que no son capaces de desplazarse por sus medios; son prácticamente ciegos y sordos (tienen los ojos y el interior de los oídos cerrados), además de incapaces de mantener su temperatura corporal de un modo constante (en esto ayuda mucho tener hermanos que te den calor). Están tranquilos en ausencia de la madre y en compañía de los hermanos; su seguridad depende del silencio, ya que cualquier depredador podría hacer presa fácil, ya que no son capaces de huir por sus propios medios, ni de percibir claramente la amenaza. La leche materna sacia mucho, pueden estar sin ser alimentados mucho tiempo, permitiendo a la madre abandonar el nido en busca de comida. Incluso, estos bebés no evacuan por sí mismos, ya que el olor de las heces y orines podrían delatarles. Cuando llega su madre, les estimula mediante un masaje realizado a lametones, y entoces defecan. Los roedores pertenecen a este grupo.

Cuando la especie tiene un desarrollo del sistema nervioso sustancialmente mayor y más complejo, normalmente se trata de una especie nidífuga (de manada). Éstas tienen una preñez más prolongada y menor número de hijos (normalmente uno) en cada embarazo. Al nacer, ya tienen las características propias de su especie, parecen miniaturas de los padres. La piel funciona al 100% de sus posibilidades, por lo que pueden autorregular su temperatura corporal; ven y oyen bien (sus órganos sensoriales están completamente desarrollados y operativos); se mueven con facilidad y emiten sonidos igual que los adultos. Una vez terminado el masaje-baño que le suele dar la mamá con su lengua nada más nacer, la cría al poco se levanta, busca la leche materna y es capaz de seguir fácilmente a su madre. No tienen nido, por tanto su seguridad depende de su capacidad para seguir a la madre y a la manada. De hecho, gritan si están solos o separados de su mamá, pues esto supone un gran peligro para ellos. La leche materna es, por tanto, muy baja en grasa, no sacia tanto, lo que obliga a la cría a estar alimentándose constantemente y, consecuentemente, siempre cerca de la madre. Los rumiantes como las vacas pertenecen generalmente a este grupo.

Hay, no obstante, especies intermedias, como por ejemplo, los cánidos (perros, lobos, etc.) y felinos (gatos, tigres, etc.), que son nidícolas y dependientes de sus padres durante bastante tiempo, y poseen un sistema nervioso muy desarrollado, con un entramado social elaborado. Pero ni siquiera en estas encajamos los humanos. Y son los humanos los que hoy nos    interesan ;).

El ser humano recién nacido (y algunos otros animales) tiene capacidad de regular su temperatura bastante bien aunque con “fallos”; oye ya antes de nacer y ve sombras-luces y siluetas, tiene los órganos sensoriales desarrollados, pero la funcionalidad aún no está al 100 % (podríamos decir que tenemos la maquinaria está lista, pero aún no nos hemos leído el manual de instrucciones); necesita alimentarse con mucha frecuencia comidas poco energéticas: la leche materna tarda en llegar al intestino entre 20 y 90 minutos, por lo que necesita comer cada muy poco. Si son dejados solos, gritan para avisar a su madre de dónde están y de que corren peligro. Sin embargo, el recién nacido humano no es autónomo en absoluto (tardamos muchos años en serlo), no puede seguir a su mamá ni usar las vocalizaciones de los adultos; necesita a su madre para su protección, calor y comida, como hemos dicho. No es una mini-copia de un adulto, no sólo va a crecer y a engordar, sino que cambiará su morfología (si nos fijamos, la proporción del tamaño de la cabeza de un bebé respecto a su cuerpo es totalmente diferente a la del adulto). De ahí que Portman (zoólogo suizo, catedrático de zoología en la universidad de Basilea, director de su Instituto de Investigaciones Zoológicas y director científico de su Jardín Zoológico) en los años 40 del pasado siglo nos clasificara como nidícolas secundarios y, a la vez, nidífugos desvalidos. Según él, esta clasificación se caracteriza por la dependencia extrema, como los nidícolas, combinada con características de los nidífugos, como los hijos generalmente únicos.

Portman defiende que somos nidífugos con un parto muy prematuro. O de otro modo, deberíamos nacer tras 21 meses de gestación. Ya decía Tomás de Aquino que el hombre “después de salir del útero, antes de adquirir el uso del libre albedrío, es contenido por el cuidado de los padres, como en un cierto útero espiritual”. A los supuestos 21 meses de gestación, aproximadamente los 12 meses de vida, el bebé ha adquirido el control de la columna (es capaz de mantenerse sentado, gatear, llevarse comida a la boca…), y ya encajaría mejor en la clasificación de nidífugo.
Nos llama Portman “prematuros fisiológicos o normalizados“, indicando que el motivo de esta particularidad es lo que se conoce como “dilema obstétrico“. Esto es, la relación entre la cabeza del bebé y el correspondiente canal de parto impide un crecimiento intrauterino mayor, ya que el parto no sería viable: la cabeza no podría pasar. Se debe a dos hechos, por un lado, la bipedestación trae consigo el estrechamiento de la pelvis y caderas. Por otro lado, el desarrollo de un cerebro cada vez mayor trajo consigo un cráneo mayor para poder albergarlo. La evolución solucionó este problema provocando el parto prematuro del bebé humano. Sin embargo, este hecho en lugar de ser un inconveniente parece ser favorable e incluso decisivo para el contacto precoz del bebé con su entorno humano y por tanto cultural. Si la Naturaleza lo hace así, por algo será.

Otro motivo para considerarnos de esta manera es el vínculo intergeneracional, más importante aún para Portman que el dilema obstétrico, que acabamos de explicar. En resumen, desarrollos de sistemas nerviosos más complejos van acompañados de vínculos personales más elaborados. Este vínculo intergeneracional de las especies es el eje de su enfoque. Por tanto, me parece importante detenernos un poco para comentarlo, aunque sea someramente.

El vínculo intergeneracional de las especies va de la mano con las variaciones cada vez mas enriquecidas de dichos vínculos en la medida en que las estructuras nerviosas centrales y periféricas respectivas aumentan en tamaño y complejidad. Es un proceso que se retroalimenta: según aparecen sistemas nerviosos más complejos los vínculos personales cada vez son más comprometidos, lo que parece ser que provoca a su vez que los sistemas nerviosos se enriquezcan. En la misma medida, además, la conservación de la especie pasa a depender menos del número de descendientes potenciales de cada pareja, en su lugar, el factor decisivo es el compromiso de éstos para con sus crías. Esto se traduce en que, conforme el cuidado de los hijos se intensifica por parte de los padres, la camada tiende a disminuir. O, visto de otro modo, conforme la supervivencia de las crías se va asegurando mediante un mejor cuidado, disminuye la necesidad de producir tanta descendencia, de modo que el esfuerzo se puede canalizar hacia otras actividades (como las relaciones sociales).
El cuidado parental no es otra cosa que una necesidad para asegurar la supervivencia de la progenie. Además, un cuidado prolongado favorece el desarrollo de un cerebro más complejo, donde se acumula y procesa mayor cantidad de información. Por el mejor cuidado, el cuerpo mejora (aumenta la masa corporal, la supervivencia ante los accidentes y/o enfermedades crece también, se mejoran las habilidades, etc.) y, con la capacidad de procesar más información y una mejor herramienta (el cuerpo) para manejar esa información, aumenta la supervivencia de las crías, favoreciendo una mayor progenie.

A fin de cuentas, la finalidad de la Naturaleza es preservar la vida.

Este vínculo intergeneracional va de la mano con el dilema obstétrico. Es de lógica que todo esto fue un proceso muy dilatado en el tiempo, es decir, a lo largo de la evolución se fue estrechando el canal de parto (conforme la especie conseguía andar erguida) y fue creciendo el diámetro craneal (conforme el volumen cerebral fue creciendo). Consecuentemente, el tiempo de gestación se fue reduciendo. Si este proceso pudo desarrollarse en el tiempo hasta llegar a nuestros nueve meses de embarazo, es porque había un entramado social, la tribu o manada, que facilitaba que la joven criatura fuera convenientemente atendida. Un bebé que nace antes de estar listo necesita mucha más atención, sobre todo en especies tan evolucionadas como nosotros, atención que los progenitores pueden proporcionarle si las necesidades más básicas están cubiertas: seguridad, alimento, cobijo, etc. Todo estos requerimientos se cumplen más fácilmente dentro del grupo.

Por otro lado, en los años 70, el biólogo y zoólogo Bernhard Hassenstein propuso una tercera categoría en la que parece que encajamos mejor: “criatura portada”, “llevadores” o “de acarreo”. Este científico comprobó que había animales (como los primates, grupo al que pertenecemos) no clasificables en ninguna de las categorías anteriores. Los llevadores, según la visión de Hassenstein, son aquellos que tienen crías que son llevadas por sus madres, normalmente agarrados al pelaje (portadores activos; si bien también los hay portadores pasivos, como los humanos y algún tipo de primate, en que el bebé no se agarra y es la madre la que asume toda la acción de portear). De esta manera se mantienen a salvo, ya que están siempre cerca. En caso de quedarse atrás, chillan para avisar, porque si están solos quedan totalmente expuestos. Otras características son los órganos sensoriales parcialmente desarrollados y una inestable regulación de la temperatura, como dijimos anteriormente al referirnos a los humanos.

Se caracterizan por los reflejos de prensión en pies y manos, que permite agarrarse a la madre. Si bien los humanos pertenecen al grupo de los portados pasivos (que no son capaces de sostenerse solos sino que dependen de la ayuda del portador), nuestros bebés tienen ese reflejo. Los humanos perdimos el pelo así que el bebé no tuvo donde agarrarse, pero con el cambio del canal del parto las caderas de las mujeres pasaron a convertirse en un lugar mucho más prominente donde sentar al bebé. Fuimos evolucionando para ser cargados pasivamente. Junto con esta evolución todas las culturas desarrollaron algún tipo de portabebé, que facilitara el transporte y atención de las crías sin perder movilidad, es decir, sustituyendo la capacidad de la cría de mantenerse por sus propios medios con el portabebé.
Según las conclusiones de Hassenstein los portados son un tipo específico con necesidades específicas: necesitan la cercanía de la madre, así como el calor y el contacto corporal para seguir madurando y desarrollándose bien.

Para concretar un poco más, diremos que el ser humano pertenece a un tipo muy concreto de portadores: “Portador pasivo, tipo marsupial”. Evolutivamente hablando, no nos diferenciamos tanto de los humanos de hace 10000 años, que eran exclusivamente nómadas. De hecho, hoy en día, muchos pueblos tienen este estilo de vida. Esta forma de vida, que impide tener un nido, debido a que hay que moverse siguiendo el alimento, tiene como consecuencia este tipo concreto de portadores. Pasivo porque, como hemos dicho, no tenemos pelo donde agarrarnos, por lo que necesitamos un “accesorio” (un portabebé) que nos permita atender al niño, manteniendo las manos libres; de dicha “bolsa” proviene la especificación “tipo marsupial”, por referencia al marsupio (Ver nota en el siguiente párrafo).

Una nota aclaratoria, solemos encontrar referencias a los llevadores como “primates llevadores”. Esto no es del todo correcto, ya que hay llevadores, como los koalas, que no son primates. Llevadores son los primates y algunos marsupi. Los primates son placentarios, esto es, los embriones se desarrollan dentro del cuerpo de la madre, durante un período tras el cual nacen. Pertenecen al grupo de los euterios. Los marsupiales, sin embargo, pertenecen al grupo de los metaterios. Son mamíferos vivíparos también (los embriones se desarrollan en el útero materno), pero las crías nacen tan inmaduras y pequeñas, casi en estado larval, que deben trepar hasta una bolsa, el marsupio, que su madre tiene en el vientre. En el interior de esa bolsa el bebé se pega a un pezón a través del que se alimenta y vive piel con piel con su madre. Y no salen hasta que no están completamente desarrollados. Una vez desarrollados, la cría pasa una época en que sale y entra de la bolsa, a ratos se desplaza por sus propios medios, a ratos en el marsupio, a ratos es llevado por su madre (según las especies) hasta que llega un día en que se independiza.

En cualquier caso, ya seamos lleva dores, ya seamos prematuros normalizados, los bebés esperan ser cargados. Si somos llevadores, lo esperan porque está en nuestra biología: es necesario para el correcto desarrollo. Si coges un recién nacido, automáticamente adopta la postura de porteo: levanta y dobla las rodillas y abre los brazos y manos para sujetarse. Un bebé intranquilo se calma en brazos. Así está cerca de la leche materna y protegido por su madre y, por tanto, por la manada-tribu.
Si somos prematuros, lo racional es mantener en lo posible las mismas condiciones del embarazo: postura redondeada (la columna vertebral en forma de “C”), acceso rápido al alimento, cercanía con la madre, sonidos familiares, como la voz, latido y respiración de su madre, movimiento constante… La espalda se ha de mantener redondeada, como en el interior del útero, no podemos intentar enderezarla de golpe, sobre todo si deberíamos estar aún 12 meses más en el vientre materno: es de imaginar que no estaríamos muy estirados. El movimiento constante ayuda a la maduración neurológica, así como al desarrollo del sistema vestibular. Llevar al niño pegado facilita, además, la regulación de su temperatura, que en el vientre materno era constante.

En conclusión, resulta obvio (al menos para mí) que para el correcto desarrollo de los pequeños humanos, desde todos los puntos de vista: físico, psicológico, emocional y sanitario, es necesario que los bebés recuperen el sitio que les corresponde: en brazos de sus cuidadores, durante el tiempo que el niño lo demande, incluyendo el período en el que querrá subir y bajar hasta que finalmente ya no lo necesite. Y para ello, y como necesitamos los brazos para seguir nuestro día a día, nada mejor que un buen portabebé.

Fuentes:

Bernhard Hassenstein, Evelin Kirkilionis: Der menschliche Säugling, Nesthocker oder Tragling? Dans: Wissenschaft und Fortschritt 42/1992
Wikipedia, entrada “nidícolas”
http://www.mowgli.es/desarrollo-fisiologico.html
http://www.aamefe.org/confort.html
http://misteriosnaturaleza.forocreacion.com/general-f1/los-mamiferos-t13.htm
http://www.estadosgerais.org/terceiro_encontro/edelstein-especie.shtml
http://www2.udec.cl/etologia/Comportamiento.html
http://porunpartorespetado.espacioblog.com/post/2008/09/17/18-meses-embarazo

http://www.cib.uaem.mx/agebiol/Boletin_Febrero04.htm
http://www.centroamara.com/index.php/content/view/67/143/
http://milagrosdelmarhb.blogspot.com/2008/04/filosofia-del-cargar.html

Más información sobre el porteo:

Red Canguro, Asociación Española por el Fomento del Uso de Portabebés

Mi Saquito Mágico, el blog de Merce sobre Porteo

Mimos y Teta, el blog de Nohemí sobre Crianza Respetuosa

Marsupina, el blog de Sol sobre Crianza Respetuosa

Mowgli, tienda de productos naturales, con artículos sobre Porteo

En otros idiomas:

http://www.stillen-und-tragen.de

http://www.afpb.fr
http://www.okemakus.com
http://www.thebabywearer.com
http://www.peau-a-peau.be/

Las imágenes del artículo estan protegidas por licencias Creative Commons, por favor, clicka en las imágenes para conocer el ámbito de protección de cada una de ellas, así como el autor y otros datos de interes.

Read Full Post »

“Por favor tócame”- P.K. Davies

Si soy tu bebé, tócame.
Necesito tanto que me toques.
No te limites a lavarme, cambiarme los pañales y alimentarme,
Acúname cerca de tu cuerpo, besa mi carita y acaricia mi cuerpo.
Tu caricia relajante y suave expresa seguridad y amor.

Si soy tu niño, tócame.
Aunque yo me resista y te aleje
persiste, encuentra la manera de satisfacer mis necesidades.
El abrazo que me das por las noches, ilumina mis sueños.
Las formas en que me tocas durante el día, me dicen como te sientes.

Si soy tu adolescente, tócame.
No creas que, porque sea casi adulto, no necesito saber que aún me cuidas.
Necesito tus brazos cariñosos y tu voz llena de ternura.
Cuando el camino se vuelve duro, el niño que hay en mí te necesita.

Si soy tu amigo, tócame.
No hay nada que me comunique mejor tu cariño que un abrazo tierno.
Una caricia curativa cuando estoy deprimido me asegura que me quieres,
y me informa que no estoy solo.
Tu contacto pudiera ser el único que logre.

Si soy tu compañero sexual, tócame.
Podrías creer que basta la pasión, pero sólo tus brazos rechazan mis temores.
Necesito tu toque de ternura que me da fe,
y me recuerda que soy amado, porque soy como soy.

Si soy tu hijo adulto, tócame.
Aunque tenga mi propia familia para tocar
aún necesito que me abracen mamá y papá, cuando me siento triste.
Como padre yo mismo, mi visión ha cambiado
y los valoro aún más.

Si soy tu padre anciano, tócame.
Como me acariciaban cuando era pequeño.
Coge mi mano, siéntate cerca de mí, dame tu fuerza
y calienta mi cuerpo cansado con tu proximidad.
Mi piel está arrugada, pero goza cuando es acariciada.

No tengas temor. Sólo tócame

“El poder del Tacto. El contacto físico en las relaciones humanas” de Phyllis K. Davies

Read Full Post »

queriamos invitaros a nuestra próxima charla-taller de porteo que tendrá lugar el miércoles 1 de Diciembre de 2010 en el gimnasio del Colegio Público Nuestra Señora Candelaria. Dirección: Calle Juan Sebastián El Cano 7, Zamora (Zamora). Si sabeis de alguien que esté interesado en asistir pasadle la información.

Hablaremos de la importancia del apego, el contacto piel con piel. Los beneficios de llevar cerca a tu bebé y cómo los portabebés nos ayudan. También veremos distintos tipos de portabebés y podremos probar para encontrar el que mejor se adapte a nosotros y nuestras necesidades. Para los que ya están familiarizados con el mundo del porteo, también llevaremos distintos tipos de portabebés (fulares artesanos ecuatoriano, fular de sarga, de cañamo, etc…) para que probeís nuevas cosas!

Muchas gracias y por alli os esperamos!!!

mimei

portabebes, meitai, mimei,

Read Full Post »

Las “malas” madres

Del blog: tenemos tetas, y sirven para amamantar.

Por Ileana Medina Hernández


En el patriarcado, todo el mundo está huérfano de madre

Victoria Sau

Lo que conocemos por “civilización occidental”, la unión del judeo-cristianismo con el Imperio Romano, se fundó sobre la omisión de la madre.
El valor simbólico del mito de Rómulo y Remo es precisamente ese: la orfandad. La madre ha desaparecido y en su lugar aparece una loba. Roma y su imperio de césares se fundaron con la madre ausente.

En el mito judeo-cristiano, sucede exactamente lo mismo. Los seres humanos tenemos una madre: Eva, salida de la costilla de Adán (o sea, secundaria) y además pecadora. De esa guisa,  todos somos unos “hijos de puta”. Pecado original que consiste tanto en querer saber, como en asumir nuestra sexualidad. ¡Vaya pecado!

María, la madre cristiana, era lo contrario: virgen. O sea, Eva pecó y por ello fue condenada (a parir con dolor). María, con la lección aprendida, no llegó siquiera a pecar. La dualidad virgen/puta nos ha encorsetado a las mujeres a lo largo de estos milenios de civilización patriarcal.

En la mayoría de los cuentos infantiles clásicos también la historia parte de una madre muerta, a partir de la cual se desata la desgracia, y la búsqueda de un “príncipe” salvador.

Estos mitos encierran en sí mismos una verdad “oculta” durante muchos siglos: la sociedad patriarcal reprime a la mujer, y con ello, perjudica su poder maternante. Nos convierte a todos en huérfanos, de cierto modo.

El llamado “feminismo de la igualdad” perdió el rumbo al creer que lo peor del patriarcado ha sido que las mujeres no hayamos podido acceder a los oficios y profesiones, al trabajo remunerado, a la vida pública, al derecho al voto, y al poder político y económico.

Eso es cierto, y muy lamentable. Pero lo peor, lo que nos cuentan Luperca, Eva y María es que la mujer mutilada, reprimida y violentada, no es la madre que ella misma puede llegar a ser.

¿Por qué?
Pues porque embarazo, parto y lactancia son parte de la sexualidad femenina. La represión de la sexualidad femenina  no sólo nos ha perjudicado como mujeres, sino que ha perjudicado a las criaturas, criaturas que somos todos.  

Todos descendemos de esa madre maniatada, y como consecuencia, frígida. La cría humana necesita una madre sexual, feliz en su propio cuerpo, y capaz de sentir placer al concebirle, al gestarle, al parirle, al amamantarle y al abrazarle. Una mujer plena, amada y sostenida, cuya libido, cuya  poderosa energía vital, se desplace hacia la cría en el puerperio, para que así el niño construya su sistema emocional desde el amor, no platónico, sino palpable, corporal, líquido, lechoso y caliente.

El problema actual de la maternidad y la culpa, no es que las mujeres nos hayamos incorporado al trabajo. La mujer que no trabajaba en el pasado también estaba mutilada, aún más que las mujeres actuales. Las mujeres ricas de las épocas anteriores eran separadas de sus hijos nada más nacer, que eran criados por otras. Las mujeres pobres bastante tenían con su miseria, la ignorancia, insalubridad, las enfermedades, el marido abusador…(y sigue siendo así en la mayor parte del mundo). La dominación se delata en nuestros cuerpos de dos maneras básicas:
– Sexualidad reprimida
: Todavía existen mujeres que ni siquiera saben lo que es un orgasmo. La cópula se sigue representando en todas partes como un “mete y saca” en el que la mujer gime y el hombre finalmente eyacula. Algo totalmente disociado de la verdadera sexualidad femenina.
-Autoestima baja: Siglos y siglos de mujeres sometidas, a la violencia emocional y física, como se sigue demostrando tristemente cada día. Los procesos fisiológicos de las mujeres considerados como algo de lo que avergonzarse: menstruación, flujo vaginal, olor, embarazo, parto, menopausia… considerados y tratados como enfermedades.

Estos dos factores influyen decisivamente en la MATERNIDAD. La maternidad es sexualidad: embarazo, parto y lactancia son parte de nuestro ciclo sexual, de nuestro ciclo reproductor. Vivirlos desde nuestra sexualidad reprimida y desde nuestra baja autoestima perjudica a nuestras criaturas, de una manera invisible.
La “emancipación” de la mujer no es sólo la emancipación económica, y ahí es donde fallan las “feministas de la igualdad”. La liberación femenina -y masculina- es un camino que nos lleva hasta nuestro propio cuerpo. A la asunción y no a la negación de nuestra biología y de nuestras emociones.
A nivel individual, cada una de nosotras hace lo que mejor puede y entiende. Pero a nivel social, tenemos el deber de curar la femineidad, para poder curar la maternidad. Para mejorar el entorno en que se forjan todos los miembros de la especie.
La reivindicación pública por parte de cada vez más mujeres del embarazo consciente, del parto libre y de la lactancia materna no va dirigida  contra otras mujeres ni contra otras madres. No es un ataque a ninguna otra mujer ni opción. Cada una de nosotras es libre, o mejor dicho, cada una es presa de nuestras propias circunstancias y de nuestra propia historia personal, totalmente respetable.

“>Pero como sociedad, los poderes públicos, las políticas sociales deberían tomarse en serio la mejora del entorno en que se forman, nacen y se crían todos los seres humanos del futuro.

Creo que la libertad de las mujeres pasa por la libertad de asumirnos y reconciliarnos con nuestros cuerpos, con nuestra sexualidad y con nuestra autoestima.
Devenimos madres por los mismos mecanismos biológicos que lo hacen las monas, las lobas, las vacas, las murciélagas y todas las demás mamíferas. Si no somos capaces de concebir, de parir, o nuestras tetas no funcionan, algún problema grave hay subyacente, un problema que se trasmite de generación en generación, a través precisamente de la maternidad y la crianza, y que se ha agravado en el último siglo por la excesiva tecnologización y perturbación de los procesos (y por la gran facilidad con que, aparentemente, podemos sustituirlos).

Si de repente al 70% de los seres humanos nos dejara de funcionar nuestro hígado, ¿intentaríamos buscar las causas, verdad? ¿Entonces por qué vemos como algo “normal” que a las mujeres dejen de funcionarnos nuestras tetas? ¿Por qué las mismas mujeres creen que “no tener leche” es una desgracia que les ha tocado sin más, y que no tiene remedio más allá del biberón?

La represión no sólo afecta a las mujeres, también afecta a los hombres. Durante siglos nos hemos alejado de nuestros cuerpos, en los que quedan perpetrados las huellas de nuestras propias historias de desamparo, de desamor, de miedo, de represión y de acorazamiento frente a las emociones: eso son las enfermedades.

Wilhem Reich (como el gran “nigromante” y sabio que fue) lo vio con claridad : al nacer, aprendemos pronto que el amor maternal y paternal no es incondicional. Que debemos reprimir nuestras emociones, nuestros deseos y nuestras conductas para recibir amor y aprobación. Y a partir de ahí surge todo.

“La civilización comenzará el día en que la preocupación por el bienestar de los recién nacidos prevalezca sobre cualquier otra consideración” -dijo.

Con ese mal empezar, la historia de la infancia ha sido la que describe el historiador Lloyd deMause: la historia de la infamia, del maltrato, de la violencia, del abuso, la historia de cómo la raza humana destroza a sus propios miembros desde el mismo comienzo de su vida.

Así es como se trasmite la represión -y la carencia de cuidado- de generación en generación. Y por eso, cuando devenimos madres nos ataca la culpa. Nos ataca nuestra propia “sombra”, nos deprimimos con tanta frecuencia… La niña desamparada que a su vez fuimos se apodera de nosotras y llora en competencia con nuestro bebé.

El hombre, que debería ser nuestro sostenedor emocional en ese momento, pero que también fue un niño privado, no puede asumir ese papel. Al revés, muchas veces se convierte en el depredador emocional de la madre y de la cría, reclamando para sí la atención que el bebé merece. (A lo largo de siglos, las mujeres dominadas hemos tenido que servir de criadas de nuestros maridos, “ladrones” de cuidados que corresponderían a las crías, a quienes ellos tendrían también que cuidar. Así el padre no sólo no ha sido cuidador, sino que le ha arrebatado a la madre buena parte de sus energías cuidadoras).

Cada vez que dejamos al niño llorar sin consolarlo, cada vez que lo dejamos solo, cada vez que le gritamos o pegamos, cada vez que reprimimos sus emociones diciéndole que no se llora, cada vez que le negamos nuestro cuerpo, nuestro tiempo o nuestra mirada, estamos proyectando nuestra propia infancia. Herimos a los demás donde mismo hemos sido heridos.

Ésa es la historia de puerperios que tan bien ha descrito la psicoterapeuta argentina Laura Gutman en sus libros. Esa es la historia de “represión del deseo materno” que magistralmente explica la bióloga española Casilda Rodrigañez. Esa es la historia oculta de nuestras enfermedades que revela la la filósofa y psicóloga polaco-suiza Alice Miller en El cuerpo nunca miente. y el resto de sus libros. Esa es la historia de desencuentro con nuestro útero, nuestros ovarios, nuestra vagina y nuestros pechos que retrata la médica norteamericana Christiane Northrup en Cuerpo de Mujer, Sabiduría de Mujer.

La relación entre sexualidad femenina y maternidad es la clave. La clave de nuestra incapacidad para sentir placer al amamantar o al sostener a nuestros hijos. Y ésa, nos ha sido arrebatada, de manera genérica, a lo largo de siglos de represión.

Quizás también le interese:

“La verdadera maternidad es un despliegue de nuestra …

Crianza con apego: psicoanálisis, feminismo y neurobiología

La “Revolución Calostral”

Read Full Post »

Al principio era la piel

Extraido de: Haurdun

rie-Thérèse Ribeyron. Traducido al castellano por Red Canguro. El  enlace original al artículo aquí.

Al inicio del siglo XX, la tasa de muertes de bebés en los orfelinatos americanos superaba el 60% hasta que alguien sugirió coger a los bebés en brazos varias veces al día. Esto es lo que cuenta Ashley Montagu en “La peau et le toucher” (La piel y el tacto). En el hospital de Nueva York donde se instituyó este régimen de cuidados maternales, la tasa de mortalidad de los bebés descendió bruscamente en menos de un año por debajo del 10%. “La ausencia de contacto durante los ocho primeros meses de la vida en los que el sistema nervioso es el más receptivo, y donde las otras modalidades sensoriales están todavía insuficientemente desarrolladas, puede provocar lo irreparable”, constata Arthur Janov en “L’Amour et L’enfant” (El amor y el niño).

La experiencia del contacto pleno

Desde la octava semana, el feto no tiene ni ojos ni orejas pero conoce ya las primeras sensaciones cutáneas. La ectodermis, la capa más externa del embrión, se convierte en piel y le permite entrar en contacto con este universo líquido donde baña. A los 8 meses, el útero le “encierra”. En el noveno mes, las olas le abrazan con regularidad. El pequeño feto vive sus primeras caricias. “El estado uterino nos procura el abrazo más completo, escribe Russ A. Rueger en “The Joy of Touch” (La alegría del tacto), la inserción total de un cuerpo en otro. El feto que flota en la oscuridad conoce entonces el Nirvana de la Carne. Esta experiencia marca profundamente la psique, sin ninguna duda”. Después, viene el gran viaje, la más extraordinaria de las aventuras. El pequeño feto viaja hacia la luz del día levantando una tempestad en su paso. Conoce entonces intensos y violentos abrazos.

Después, el vacío, ese choque táctil de la repentina inmersión en la nada. La antropóloga Margaret Mead habla del “choque de la piel”. El bebé entra en un nuevo mundo que vivirá y sentirá como una maravillosa sinfonía o como un desierto agonizante según sea tocado o no. Tras el nacimiento, el bebé es todo piel. El tacto es el único sentido completamente desarrollado. “Es como si todo su cuerpo fuera millones de ojos, millones de narices y millones de orejas” explica Odette Lefèvre, una quebequense cuyo doctorado versaba sobre la piel y el tacto. Los recientes trabajos de Tiffany Fields, del Medical School de la Universidad de Miami han demostrado que el tacto es un alimento esencial para los recién nacidos. En el 47% de los casos, los bebés nacidos prematuramente y masajeados durante 15 minutos 3 veces al día han tomado peso más rápidamente que los bebés dejados solos.

Según diversas investigaciones, la estimulación táctil es necesaria para el desarrollo del sistema inmunitario, digestivo y respiratorio del recién nacido. El desarrollo del sistema nervioso del cerebro depende también de las estimulaciones táctiles y los otros sentidos se desarrollarán mejor (una visión, una audición, un olfato ricos en detalles) cuanto más haya sido estimulada la piel.

Tocar para comprender

El bebé va a construir su realidad y descubrir el mundo tocándolo. Pero al principio es el mundo quien deberá tocarle a él. Sólo su piel le enseña el mundo exterior, le dice si está en peligro, le hace saber si su madre le ama o no.

El bebé obedece a su instinto de ir hacia lo desconocido siempre que lo conocido le esté asegurado. Cuando se marcha a explorar arrastrándose o gateando, vuelve regularmente a mamar al pecho materno o a hacerse tomar en brazos. Pero si lo conocido le falta, inmediatamente surge la angustia. El niño no corre el riesgo de aventurarse al exterior. Reduce sus exploraciones sensoriales. La angustia paraliza el desarrollo de la inteligencia en el niño, explica J.C. Pearce, autor de “L’enfant magique” (El niño mágico): “El niño no tocado, no acariciado, tendrá un problema relacional”, añade Ashley Montagu. No tendrá su primera “relación amorosa”. Odette Lefèvre tuvo la ocasión de verificarlo cuando masajeaba a niños autistas en el Hospital Rivière-des-Prairies durante su doctorado en 1986. Después de haber tocado y masajeado a cuatro niños de cinco a ocho años, una hora al día a cada uno durante cuatro meses, uno de ellos comenzó a hablar, los otros establecieron su primer contacto visual y realizaron juegos interactivos. “Eran niños mal amados”, dice Odette. “Mal amados porque no habían sido tocados. El contacto es el primer modo de comunicación, la primera lengua; tocándoles han comenzado a establecer las relaciones.”

Harry Harlow, uno de los pioneros en la investigación sobre la privación del contacto físico, llevó a cabo una experiencia con pequeños bebés de mono rhesus. Los que habían tenido por madres a muñecas de trapo tenían un mejor comportamiento que aquellos con madres de alambres de hierro. Los pequeños rhesus se acurrucaban contra su mama de trapo, dulce y calurosa, aunque la alimentación les era proporcionada por la fría mamá de alambre de hierro.
harlowmonkeys1

El abrazo a la mama de trapo por un pequeño rhesus.

A su lado la mamá de hierro que le da alimento, pero no un contacto cálido.

Experimento de Harry Harlow.

En el Primal Scream (Grito Primario), Arthur Janov dice: “Un ambiente amigable y caluroso más tardío en la vida no hace desaparecer los primeros traumas. La ausencia de tacto en el inicio de la existencia crea una sobrecarga de miedo que se transforma en angustia latente”. “He recibido al principio el abandono del cuerpo materno que me dejaba sólo en el desierto y en la angustia total durante las cuatro horas entre las tomas de leche prescritas. Yo lloraba, gritaba mi miedo, mi angustia, mi terror. Si no venían… me iba a morir. Nadie me respondía. Gritaba, hipaba hasta que, agotada, me refugiaba en el sueño donde al menos me encontraba al abrigo.” cuenta Jeanne.

En The Betrayal of the Body, (La Traición del Cuerpo) Alexandre Lowen enlaza la esquizofrenia al fracaso de una estimulación táctil precoz. La sensación de identidad viene de la sensación de contacto con el cuerpo. Si esta sensación falta, el individuo no sabe lo que siente, no sabe lo que es, ni de qué se trata. Y la pérdida de contacto con el cuerpo finaliza con la pérdida de contacto con la realidad.

Marcelle Geber ha observado durante un año los recién nacidos de Uganda. Portados por sus madres, estos niños se arrastran fácilmente a las seis o siete semanas y recuperan objetos corriendo a los seis o siete meses. Los niños norteamericanos cumplen la primera proeza a los seis o siete meses y la segunda entre los 15 o 18 meses. Marcelle Geber constata también que los pequeños ugandeses son menos precoces a medida que nuestra aproximación científica invadía su cultura ugandesa.

Desde principios del siglo XX, el pensamiento pediátrico se ha dejado pervertir por el movimiento conductista por el que cada prueba de amor o cada contacto físico volvía al niño demasiado dependiente de sus padres. “Coger a los niños en brazos es un riesgo de estropearles, de malcriarles”, grita bien alto el pensamiento científico. Millones de madres  han obedecido de buena fe a los especialistas que sabían mucho mejor que ellas lo que sus bebés necesitaban.

Con la llegada de los nidos de las maternidades, los bebés son separados del cuerpo de sus madres desde el nacimiento, forzados a mamar un pedazo de plástico amorfo, aprisionados en horribles bonitos pijamas que no liberan más que las manos y la cabeza y aislados en una habitación durante su sueño. “Dormirse al contacto con otro es una necesidad fundamental para el bebé” afirma Anne Freud. A todo esto le añadimos la panoplia del kit del perfecto bebé: carricoche cromado, balancín mecánico y hamaca reclinable que reemplaza el cuerpo dulce y caliente de mamá. Incluso los niños amamantados no pueden disfrutar del pecho o del cuerpo de sus madres. Cuando no toman su leche descongelada en un biberón, el pecho les está prohibido por un sujetador de lactancia que sólo deja el pezón a su alcance.

Desgraciadamente, la liberación de la mujer ha predicado también la ruptura precoz de los lazos madre-hijo. Los bebés se encuentran en guarderías donde las monitoras o monitores no tienen el tiempo de prodigar las caricias tan necesarias. Cada vez más, los niños sufren de problemas de la piel. “Mal tocados. Mal llevados, mal comportados, mal encaminados, mal amados”, escribe Frédérick Leboyer en “Shantala, un arte tradicional, el masaje de los niños“. Mejor que tratar una dermatitis con pomadas, médicos mejor informados les curan alimentando su piel con masajes, aportando así las estimulaciones que faltaron al principio.

Los antropólogos y los viajeros se han extrañado siempre de no escuchar nunca los llantos de los bebés autóctonos del Gran Norte, de los amerindios, en la India, en Bali y en todas las sociedades donde los bebés son cargados constantemente contra la madre. La madre alimenta a su bebe a demanda, le mantiene al pecho o en sus brazos, le acuesta con ella hasta que él decide marchar a explorar el vasto mundo.

Al estar satisfechas sus necesidades de contacto, los bebés no tiene necesidad de señalar su ansiedad o su angustia a través de gritos o llantos. Al crecer, estos niños no se quedan pegados a su madre, no lloran antes de dormirse. Son capaces de entrar en una verdadera relación con los otros. Son les enfants magiques, los niños mágicos, descritos por J.C. Pearce. Niños felices que han vivido plenamente en su piel su primera “relación amorosa”.

Este artículo apareció en Le Guide Ressources, vol. 7, nº 4, 1991.

Traducido al castellano por Red Canguro.

Read Full Post »

Older Posts »

A %d blogueros les gusta esto: